La libertad cristiana según Bonhoeffer

Estaciones en el camino a la libertad

Dietrich Bonhoeffer (1906-45),
teólogo y pastor luterano


La traducción del poema Estaciones en el camino a la libertad comparte las deficiencias de todas las traducciones poéticas: se parece al lado reverso de un tapiz. Todavía se puede reconocer el patrón de dibujo, pero los colores son pálidos. Aun así, lo que Dietrich Bonhoeffer escribió prisionero en su última estación antes de la muerte, conmueve y transmite su seriedad espiritual; una seriedad típicamente protestante, muy alemana, muy de su clase social -la burguesía intelectual-. Pero la presencia de estas características no lo encierra, Bonhoeffer las transciende y en esto, se nos hace comprensible, como ser humano cristiano global.

Control

Cuando salgas en búsqueda de la libertad, aprenda ante todo ejercer control sobre los sentidos y sobre tu alma, que los deseos y tus miembros no te lleven a veces por allí, a veces por allá. Castizos sean tu espíritu y tu cuerpo, enteramente bajo to propio gobierno y obedientes para alcanzar la meta que les fue dado. Nadie pueda descubrir el secreto de la libertad, a menos por el control.

Acción

No hacer alguna cosa, sino hacer y osar lo que es correcto; no flotar dentro de lo posible, sino agarrar a la realidad con valentía; no en la nube del pensamiento, sólo en la acción está la libertad. Sal del miedoso vacilar en medio del torbellino de los acontecimientos, sólo apoyado por el mandamiento de Dios y tu fe, y la libertad recibirá a tu espíritu con júbilo.

Sufrimiento

Maravillosa transformación. Las manos fuertes y activas te las han amarrado. Inerme, a solas contemplas al fin de tu acción. No obstante, respiras y con ánimo tranquilo y consolado entregas tu justicia en manos más fuertes y te conformas. Sólo por un instante estás dichoso de tocar la libertad, luego la entregas a Dios para que la conduzca a su gloriosa terminación.

Muerte

Venga, ahora, celebración sublime en el camino hacia la libertad eterna, muerte. Depón las pesadas cadenas y muros de nuestra vida pasajera y nuestra alma cegada, para que finalmente tengamos en la mira lo que aquí no nos es concedido ver.  Libertad, te buscamos por mucho tiempo en el control, la acción y en el sufrimiento. Muriendo te reconocemos ahora en el rostro de Dios.

Una visión de la libertad cristiana desde la prisión

Desde meses Dietrich Bonhoeffer se encuentra en la cárcel de Berlin-Tegel. Ya no quiere hacer ninguna concesión al régimen de terror de los nacionalsocialistas. Su defensa de la libertad ahora le puede costar la vida. Eso lo tiene claro. La familia y los amigos en el mundo exterior están preocupados por su bienestar. En sus cartas compone su legado a ellos. Las Estaciones de la Libertad envía a su compañero de camino, Eberhard Bethge. No es un poema pulido, más bien un bosquejo que se propone a revisar en el futuro, si alguno le quedaría. «Es que no soy poeta» agrega de forma lacónica. Pero esas líneas se meten debajo de la piel del lector, aun así.

¿Cómo desarrolla uno que vive en prisión y tiene que contar con su pronta muerte, una visión de la libertad cristiana?

Primera estación: la libertad en ejercer la autodisciplina

Ya la primera palabra suena como una contradicción a la libertad: control. Pero visto más de cerca, Bonhoeffer describe una experiencia general, vigente no sólo en situaciones extremas como la suya. El que se deja arrollar por sus sentimientos, el que cede a cualquier ánimo y hace de sus genios diarios la norma de la vida, ciertamente está sin frenos, pero no está libre, no es «dueño de la casa». Eso no necesita mucho psicoanálisis. El que alguna vez se vio impactado por la fuerza de las propias emociones luego de un arrebato de ira, percibe algo de la subyugación a la que le somete la falta de disciplina. Saber controlarse, trabajar hacia metas a largo plazo, saber dominar a los genios, antipatías y emociones que surgen de forma espontánea, otorga libertad interior.

Segunda estación: la libertad en optar por la acción correcta

De esta libertad interior nace la capacidad de actuar: de elegir no cualquier camino de acción que promete resultados, sino el que tiene como final de hacer lo que es «correcto».  Y ¿qué es lo correcto? La libertad de acción para Bonhoeffer no la tiene quien tambalea de una opinión hacia la otra, no la tiene el que parlotea lo que otros dicen o quieren escuchar, no la tiene el que espera a lo que otros van a hacer. Refugiarse en sueños, divertirse y buscar ocupaciones no esenciales, es bueno sólo cuando no nos sirve para alejarnos de la dura realidad. Para Bonhoeffer, los hombres cristianos son gente que no tienen ilusiones en cuanto a la realidad, pero los que, a pesar de ello, no se encogen de hombros ni dirigen la mirada hacia el otro lado. Sólo aquel que reúne el coraje de intervenir puede tener la experiencia de dejarse sostener por la fe.

De todos modos, la libertad de la que habla Bonhoeffer no aparece desde un inicio. Más bien es el resultado de una actitud. La actitud que precisa de toda la valentía para lanzarse a la incertidumbre. Entonces, la fe le presta sus alas. Así ya describió el filósofo/teólogo protestante Søren Kierkegaard a la fe. El que queda como espectador sentado en primera fila, nunca dará el «salto de la fe», nunca se enterará como «la libertad recibirá a tu espíritu con júbilo».

Tercera estación; la libertad en aceptar la propia impotencia

En la tercera estación termina toda la arrogancia de la fe. Pero Bonhoeffer encuentra una fuente de libertad también en el sufrimiento. Aquí, en la experiencia existencial de impotencia y desmayo, donde hasta la última chispa de las ganas de vivir se apaga, él ve que hay lugar para la libertad, la libertad que se encuentra en refugiarse en Dios. El que pueda ser débil e incapaz es consolado, es liberado de la obligación de la acción y lo recibe como una caricia suave. La libertad de la etapa de la acción decidida parece deficiente comparada con la libertad que se encuentra en confiarse a alguien con persona entera, en carne y hueso, porque ahora la propia capacidad ya no importa.

Según esta perspectiva, la libertad verdadera es para los débiles, los que, luego de pasar por las etapas de tomar control y elegir la acción decidida, se ven obligados a ya no hacer nada. ¡Qué atropello para una sociedad orientada hacia la obtención de resultados! Bonhoeffer desenmascara a lo que nos parece dinámico, lleno de energía y productivo como activismo, necesario para ocultar el profundo vacío. Pero, ¡alto! Bonhoeffer no critica ni al control ni a la acción. Su sufrimiento se debe, precisamente, al rumbo que eligió y en el que se puso en marcha. Sólo habla del hombre que, por haber sido fiel y haberse lanzado, ahora ya no tiene ningún camino abierto. Habla como Pablo porque «cuando soy débil, soy fuerte». Habla del ser humano al que queda sólo la huida hacia adelante, hacia Dios. Habla de sí mismo.

Cuarta estación: la libertad en ver más allá del fin

Así se explica, pues, la etapa final. La libertad que llega junto con la muerte. Sacado desde el contexto, su posición podría leerse como obsesión con la muerte. El que coquetea con la muerte de esta forma ya renunció a la libertad cristiana. Pero, de hecho, la muerte ya se le presenta a Bonhoeffer, ya la enfrenta cara a cara. Los que le amenazan quieren primero verlo aterrorizado para gozar su victoria sobre el que por fe se resiste a su poder. Los nazis se comportan como los dueños sobre vida y muerte. Al cantarle a la muerte como a amante deseada, Dietrich Bonhoeffer les quita esta victoria. Su fe triunfa sobre la humillación a la que los tiranos le quieren someter. Es su último acto de rebelión en contra del mal: «Muerte, ¿dónde está tu aguijón? ¿Sepulcro, dónde está tu victoria?»

Puede ser que la pluma tiembla en manos de Bonhoeffer cuando coloca su bosquejo sobre papel. Tal vez lee en voz alta aquellas líneas a la libertad, en la penumbre de su celda, dándose valor a sí mismo cuando el miedo le persigue. La libertad a la que se acerca Bonhoeffer es la libertad que leerá en el rostro de Dios. Pocas veces durante los últimos siglos se ha hablado sobre la esperanza cristiana en la resurrección de forma tan inmediata, tangible y corporal.  Nada se deja a metáforas, nada se deja a interpretaciones. Bonhoeffer expresa en palabras claras y transparentes su confianza en la promesa de Dios: donde otros sólo ven al fin, el cristiano finalmente ha llegado a la libertad.

La libertad cristiana según Bonhoeffer: su significado

Hace poco más de 70 años que murió Dietrich Bonhoeffer. Pero no es su muerte, y la forma admirable con la que se enfrentó a sus verdugos, sin retractarse ni quebrantarse; es su vida y la de tantos otros -hayan terminado igual que él o hayan podido continuar su existencia-, lo que nos ilustra «ser protestante» en nuestros días.

Para muchos dogmáticos reformados, para fundamentalistas y literalistas bíblicos, ni Bonhoeffer ni Barth, su líder y maestro en el movimiento de la Iglesia confesante, cuentan entre los de doctrina ortodoxa. Puede ser. La pregunta que debemos plantearnos, la de la «vida real», es otra. La pregunta es si los que dicen o decimos tener la ortodoxia, pasaríamos el examen. No es un examen de las obras; es el examen de la fe.

  • Nuestra fe, ¿nos equipa con suficiente control? Leyendo algunos aportes y comentarios en redes sociales, el autodominio no alcanza para impedir la manipulación, la ofensa, la agresión.
  • Nuestra fe, ¿nos conduce a dar el «salto de la fe» en todo momento? Ser pragmático no está malo, pero es  necesario revisar si el pragmatismo acaso nos dirige más en atender al interés propia que a lo que es la acción «correcta».
  • Nuestra fe, ¿nos permite reconocer cuando es tiempo de sufrir? Mucho ha tomado la iglesia del continente del modelo social americano, donde el éxito es señal de tener razón y el insulto mayor consiste en llamar a alguien «perdedor». La oración de la iglesia se ha convertido en declaraciones dirigidas a evitar el sufrimiento a todo costo.
  • Nuestra fe, ¿nos hace aceptar la muerte como ganancia? Si no es así, es porque tal vez nuestra vida ya no es Cristo.

Bonhoeffer nos recuerda que, tarde o temprano, el cristiano tiene que decir sí a estas preguntas y, por ende, asumir la libertad plena.

 

SOLA SCRIPTURA

 Solo por las Escrituras

¿Se imaginó alguna vez que todo lo que Dios quiso que nosotros supiéramos de Él lo iba a poner en palabras, usando el idioma y el lenguaje común a la época en la que se iba dando la revelación a los humanos?

Dios ha hablado y sigue hablando de muchas formas, los medios de comunicación que Dios usa para dar a conocer su propósito son frescos e innovadores; el Creador no se limita en la forma como se da a conocer a las personas que de una u otra manera necesitan saber sus planes. Cuando hablamos de revelación de Dios, tratamos de pensar en lo que Dios ha dado a conocer de Él mismo. Dios se revela: la manifestación de la divinidad en los cielos y en la tierra es una forma de revelación, pero no es fácil simplemente mirar y encontrar dónde está la divinidad. Hablamos de una revelación más específica, intima, personal y sobre todo entendible en los medios de conocimiento humano; y es en ese preciso instante que podemos ver que sí hay una forma de revelación que se ajusta a nuestra forma de aprender más de la divinidad: La Escritura.

No es fácil para el hombre moderno aceptar que un libro tan antiguo tiene esta categoría de revelación divina, pero no siempre fue así; existieron épocas en donde los documentos que eran reconocidos como mensajes divinos escritos por personajes especiales y con un halo de “unción de Dios” eran tratados con tanto cuidado y veneración que solo unos pocos con capacidades excepcionales tenían acceso a estas escrituras sagradas. Lo que hoy llamamos Biblia, Santas Escrituras o Sagradas Escrituras no siempre fue una biblioteca tan bien estructurada, tuvieron que pasar muchos siglos y muchas discusiones de eruditos para que lo que hoy conocemos como la Santa Biblia llegara a ser así.

Podemos entonces decir, que Dios se ha revelado en las Escrituras, y esta verdad tiene tanto poder para cambiar la forma de pensar sobre Dios, porque es allí, en la SOLA ESCRITURA donde podemos conocer El Plan Eterno del Dios Eterno, ya que progresivamente, a medida que el inclemente tiempo iba pasando, Dios iba mostrando el desenvolvimiento de Su propósito; es solo por medio de las Escrituras que los humanos podemos comprender que tan grande y poderoso es Dios para incrustar sus planes entre nosotros mismos. Dios nunca quiso, estoy seguro de ello, que las Escrituras quedaran vedadas solo para unos pocos, “expertos” en interpretarlas, y mucho menos que fueran puestas en grandes museos para solo ser admiradas por su forma, historia y construcción. No, Dios permitió que se pusieran por escrito todas sus maravillosas obras, para que todos y cada uno de los seres humanos que El creó, pudieran conocerle y relacionarse con Él.

Debido a la fuerza trasformadora que tiene la Palabra escrita de Dios en todos los momentos de la vida humana, la quisieron ocultar de la gente del común, entregando sus riquezas y tesoros inigualables a unos pocos que usando sus habilidades lingüísticas ocultaban las verdaderas intenciones de la siempre Viva Palabra de Dios, ya que por ser una Palabra Viva, es eficaz para iluminar los ojos del hombre perdido y sin destino, puede abrir los oídos del que no puede oír a Dios, limpia la mente y el corazón manchado por la suciedad del pecado humano. Solo la Escritura es suficiente para entender las dimensiones enormes del amor de Dios que excede a todo conocimiento meramente humano. Es gracias a la Escritura que podemos entender el plan eterno de Dios para redimir a toda la raza humana, haciéndose Dios mismo humano para mostrarnos el camino a “casa”. Solo la Escritura es capaz de revelar al hombre y la mujer que Dios siempre ha tenido una Buena Noticia que darnos, desde antes de la fundación del mundo, ya la Palabra hecha carne nos había reconciliado con el Creado. Solo la Escritura tiene el poder de mostrarnos el camino de la salvación y la eternidad que Dios ha puesto en nosotros para estar con Él.

El concepto de la Sola Scriptura es una dinámica libertadora para la interpretación de la revelación Divina. La Sola Scriptura sostiene que la Biblia es la autoridad máxima para la interpretación. La autoridad máxima no es la Iglesia, ni el estado y no depende de la interpretación individual, sino, la Biblia debe interpretar a la Biblia. La Palabra de Dios es su propio intérprete. Hay que interpretar la Palabra con la Palabra. La Biblia es la mejor y máxima intérprete de la Biblia.

Los reformadores estaban cansados con las manipulaciones de la interpretación bíblica por la iglesia tradicional y dijeron lo siguiente (Artículo 7 de la Confesión Belga ¨de 1561, escrito por el mártir Guido de Brés):

«Creemos que esta Santa Escritura contiene de un modo completo la voluntad de Dios, y que todo lo que el hombre está obligado a creer para ser salvo se enseña suficientemente en ella. Pues, ya que toda forma de culto que Dios exige de nosotros se halla allí extensamente descrita, así no les es permitido a los hombres, aunque incluso sean apóstoles, enseñar de otra manera que como ahora se nos enseña por la Sagrada Escritura; es más, ni, aunque fuera un ángel del cielo, como dice el apóstol Pablo (Gá 1:8). Porque, como está vedado añadir algo a la Palabra de Dios, o disminuir algo de ella (Dt 4:2; 12:32; 30:6; Ap 22:19), así de ahí se evidencia realmente, que su doctrina es perfectísima y completa en todas sus formas. Tampoco está permitido igualar los escritos de ningún hombre – a pesar de los santos que hayan sido – con las Divinas Escrituras, ni la costumbre con la verdad de Dios (pues la verdad está sobre todas las cosas), ni el gran número, antigüedad y sucesión de edades o de personas, ni los concilios, decretos o resoluciones; porque todos los hombres son de suyo mentirosos y más vanos que la misma vanidad. Por tanto, rechazamos de todo corazón todo lo que no concuerda con esta regla infalible, según nos enseñaron los apóstoles, diciendo: Probad los espíritus si son de Dios (1Jn 4:1). Asimismo: “Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa.”

Entonces podemos sentirnos confiados que Solo Por la Escritura tenemos un medio maravillosamente efectivo para conocer a Dios y comprender su propósito para con cada uno de nosotros.

SOLA SCRIPTURA

 Solo por las Escrituras

¿Se imaginó alguna vez que todo lo que Dios quiso que nosotros supiéramos de Él lo iba a poner en palabras, usando el idioma y el lenguaje común a la época en la que se iba dando la revelación a los humanos?

Dios ha hablado y sigue hablando de muchas formas, los medios de comunicación que Dios usa para dar a conocer su propósito son frescos e innovadores; el Creador no se limita en la forma como se da a conocer a las personas que de una u otra manera necesitan saber sus planes. Cuando hablamos de revelación de Dios, tratamos de pensar en lo que Dios ha dado a conocer de Él mismo. Dios se revela: la manifestación de la divinidad en los cielos y en la tierra es una forma de revelación, pero no es fácil simplemente mirar y encontrar dónde está la divinidad. Hablamos de una revelación más específica, intima, personal y sobre todo entendible en los medios de conocimiento humano; y es en ese preciso instante que podemos ver que sí hay una forma de revelación que se ajusta a nuestra forma de aprender más de la divinidad: La Escritura.

No es fácil para el hombre moderno aceptar que un libro tan antiguo tiene esta categoría de revelación divina, pero no siempre fue así; existieron épocas en donde los documentos que eran reconocidos como mensajes divinos escritos por personajes especiales y con un halo de “unción de Dios” eran tratados con tanto cuidado y veneración que solo unos pocos con capacidades excepcionales tenían acceso a estas escrituras sagradas. Lo que hoy llamamos Biblia, Santas Escrituras o Sagradas Escrituras no siempre fue una biblioteca tan bien estructurada, tuvieron que pasar muchos siglos y muchas discusiones de eruditos para que lo que hoy conocemos como la Santa Biblia llegara a ser así.

Podemos entonces decir, que Dios se ha revelado en las Escrituras, y esta verdad tiene tanto poder para cambiar la forma de pensar sobre Dios, porque es allí, en la SOLA ESCRITURA donde podemos conocer El Plan Eterno del Dios Eterno, ya que progresivamente, a medida que el inclemente tiempo iba pasando, Dios iba mostrando el desenvolvimiento de Su propósito; es solo por medio de las Escrituras que los humanos podemos comprender que tan grande y poderoso es Dios para incrustar sus planes entre nosotros mismos. Dios nunca quiso, estoy seguro de ello, que las Escrituras quedaran vedadas solo para unos pocos, “expertos” en interpretarlas, y mucho menos que fueran puestas en grandes museos para solo ser admiradas por su forma, historia y construcción. No, Dios permitió que se pusieran por escrito todas sus maravillosas obras, para que todos y cada uno de los seres humanos que El creó, pudieran conocerle y relacionarse con Él.

Debido a la fuerza trasformadora que tiene la Palabra escrita de Dios en todos los momentos de la vida humana, la quisieron ocultar de la gente del común, entregando sus riquezas y tesoros inigualables a unos pocos que usando sus habilidades lingüísticas ocultaban las verdaderas intenciones de la siempre Viva Palabra de Dios, ya que por ser una Palabra Viva, es eficaz para iluminar los ojos del hombre perdido y sin destino, puede abrir los oídos del que no puede oír a Dios, limpia la mente y el corazón manchado por la suciedad del pecado humano. Solo la Escritura es suficiente para entender las dimensiones enormes del amor de Dios que excede a todo conocimiento meramente humano. Es gracias a la Escritura que podemos entender el plan eterno de Dios para redimir a toda la raza humana, haciéndose Dios mismo humano para mostrarnos el camino a “casa”. Solo la Escritura es capaz de revelar al hombre y la mujer que Dios siempre ha tenido una Buena Noticia que darnos, desde antes de la fundación del mundo, ya la Palabra hecha carne nos había reconciliado con el Creado. Solo la Escritura tiene el poder de mostrarnos el camino de la salvación y la eternidad que Dios ha puesto en nosotros para estar con Él.

El concepto de la Sola Scriptura es una dinámica libertadora para la interpretación de la revelación Divina. La Sola Scriptura sostiene que la Biblia es la autoridad máxima para la interpretación. La autoridad máxima no es la Iglesia, ni el estado y no depende de la interpretación individual, sino, la Biblia debe interpretar a la Biblia. La Palabra de Dios es su propio intérprete. Hay que interpretar la Palabra con la Palabra. La Biblia es la mejor y máxima intérprete de la Biblia.

Los reformadores estaban cansados con las manipulaciones de la interpretación bíblica por la iglesia tradicional y dijeron lo siguiente (Artículo 7 de la Confesión Belga ¨de 1561, escrito por el mártir Guido de Brés):

«Creemos que esta Santa Escritura contiene de un modo completo la voluntad de Dios, y que todo lo que el hombre está obligado a creer para ser salvo se enseña suficientemente en ella. Pues, ya que toda forma de culto que Dios exige de nosotros se halla allí extensamente descrita, así no les es permitido a los hombres, aunque incluso sean apóstoles, enseñar de otra manera que como ahora se nos enseña por la Sagrada Escritura; es más, ni, aunque fuera un ángel del cielo, como dice el apóstol Pablo (Gá 1:8). Porque, como está vedado añadir algo a la Palabra de Dios, o disminuir algo de ella (Dt 4:2; 12:32; 30:6; Ap 22:19), así de ahí se evidencia realmente, que su doctrina es perfectísima y completa en todas sus formas. Tampoco está permitido igualar los escritos de ningún hombre – a pesar de los santos que hayan sido – con las Divinas Escrituras, ni la costumbre con la verdad de Dios (pues la verdad está sobre todas las cosas), ni el gran número, antigüedad y sucesión de edades o de personas, ni los concilios, decretos o resoluciones; porque todos los hombres son de suyo mentirosos y más vanos que la misma vanidad. Por tanto, rechazamos de todo corazón todo lo que no concuerda con esta regla infalible, según nos enseñaron los apóstoles, diciendo: Probad los espíritus si son de Dios (1Jn 4:1). Asimismo: “Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa.”

Entonces podemos sentirnos confiados que Solo Por la Escritura tenemos un medio maravillosamente efectivo para conocer a Dios y comprender su propósito para con cada uno de nosotros.

La Libertad cristiana según Lutero

La libertad de un hombre cristiano

Esta obra de Lutero hace parte de la lista de Escritos Principales de la Reforma. En ella, el autor  habla claro porque tiene una teología clara. Absolutamente todo lo sustenta bíblicamente, ante todo desde las epístolas paulinas, pero no solo de manera textual sino mayormente temático.

Liberados del fracaso de la obediencia

La libertad anunciada por Lutero partiendo de su examen del Nuevo Testamento es exclusiva para aquellos que creen que por medio de Cristo recibieron justificación delante de Dios sin que primeramente tuvieron labrarse un derecho a ella mediante «buenas obras».  Bajo «buenas obras», Lutero entiende obras religiosas: tanto ejercicios de la piedad como, también, la conducta frente a los demás. Lutero comprende la libertad cristiana en primer lugar como una liberación de parte de Dios de todas las exigencias y presiones religiosas. Tomar conciencia plena de esta libertad, así fue la más profunda convicción de Lutero, transforma la actitud del ser humano cristiano no solo para con Dios, al que ahora puede enfrentarse con amor en lugar de con miedo, sino también para consigo mismo y los demás.

Para consigo mismo porque con todos sus fracasos inevitables frente a las demandas de otros -de por sí también legitimizados por Dios- el cristiano ya no se verá ni juzgado ni detenido por su fracasos: en este sentido Lutero habla de  la fe como confianza. Y la actitud frente a los demás es cambiada en cuanto el cristiano ya no tiene que degradarlos como objetos sobre los cuales ejecutar su piedad, por ejemplo como receptores de limosnas que sirven para demostrar la misericordia de uno.

La fe transforma el querer y el hacer

Solo los creyentes se encuentran habilitados a dejar de instrumentalizar otros seres humanos para fines de su propia bienaventuranza eterna (o de la autoimagen positiva), sino tener un encuentro con ellos, de forma que lleguen a visualizarse como personas de derechos  e intereses propios, con necesidades legítimas.

Lutero incluso va un paso más allá. Los creyentes no solo pueden hacerlo, también lo quieren hacer y lo hacen con toda su fuerza. En caso contrario, deben cuestionarse si realmente tienen fe. Porque la conciencia de la libertad cristiana tiene que tener tal efecto en la actitud del hombre cristiano que este renuncia a poner su bienestar personal como meta de su actuación. Ya sabe que ahora, gracias a la acción de Dios, no hay necesidad de eso. El objetivo es más bien el bienestar de otros, incluyendo a los «enemigos». Así que para Lutero, el amor -entendido tanto como amor al próximo como amor al enemigo- es la consecuencia de la fe en la justificación recibida. La fe, sencillamente, nos hace buenos.

Es una característica decisiva de la libertad cristiana que el hombre cristiano no tiene que orientarse de acuerdo a un catálogo de logros morales, sino que en cualquier situación dada juzgará por sí mismo lo que es lo correcto -lo más amoroso. Por ende, la libertad cristiana apunta a la autonomía y se manifiesta en la libertad de conciencia. Quiere decir que en una y misma situación dada, dos personas cristianas pueden proceder de formas distintas sin que uno de los dos -o ambos-  podrá ser cuestionado en su autoidentificación del ser cristiano. A menos que se trata de una transgresión del mandamiento del amor. Si esto fuera el caso o no, casi siempre solo lo puede juzgar el individuo mismo, ya que, como Lutero lo dice «a nadie se le puede mirar dentro del corazón».

La libertad cristiana según Lutero: su significado

Lutero extrae del texto una perspectiva triple sobre la situación del hombre cristiano (siempre en el sentido alemán de hombre como ser humano, no como género).

  • Primero.- Es muy difícil juzgar desde fuera si una acción es un acto de amor cristiano o no. La autoridad de interpretación la tiene, en primer lugar, el creyente mismo.
  • Segundo.- Ningún ser humano puede vivir sin actuar; como consecuencia, no existe situación, aunque carezca de importancia, exento de significado ético. Levantar una paja del camino, así el ejemplo famoso de Lutero, puede ser una buena obra, en caso de que se haga por amor por otro, respectivamente desde la convicción que no es necesario para ser justificado.
  • Tercero.- El bien -en el sentido del amor cristiano- no se deja cuantificar; no está sujeto a una competencia de superación.

En un tiempo donde muchos creyentes perciben la libertad cristiana sólo en términos de libertad de culto -la que, por supuesto, también se debe reclamar  así como se debe conceder-,  es liberador volver a entender este concepto central de la fe bajo la luz de nuestra relación con Dios. Porque en este sentido la libertad cristiana es única, no la puede tener sino el que cree en Jesucristo y es privilegio del creyente el que se somete porque así lo quiere.

Dios, en su soberanía, tiene el poder de hacer todo lo que quiere. Pero sólo quiere hacer lo que está dentro de su perfección en amor y justicia de amor. En este último punto, la libertad en Cristo nos abre un vistazo a lo que significa ser como Dios.

La Libertad cristiana según Lutero

La libertad de un hombre cristiano

Esta obra de Lutero hace parte de la lista de Escritos Principales de la Reforma. En ella, el autor  habla claro porque tiene una teología clara. Absolutamente todo lo sustenta bíblicamente, ante todo desde las epístolas paulinas, pero no solo de manera textual sino mayormente temático.

Liberados del fracaso de la obediencia

La libertad anunciada por Lutero partiendo de su examen del Nuevo Testamento es exclusiva para aquellos que creen que por medio de Cristo recibieron justificación delante de Dios sin que primeramente tuvieron labrarse un derecho a ella mediante «buenas obras».  Bajo «buenas obras», Lutero entiende obras religiosas: tanto ejercicios de la piedad como, también, la conducta frente a los demás. Lutero comprende la libertad cristiana en primer lugar como una liberación de parte de Dios de todas las exigencias y presiones religiosas. Tomar conciencia plena de esta libertad, así fue la más profunda convicción de Lutero, transforma la actitud del ser humano cristiano no solo para con Dios, al que ahora puede enfrentarse con amor en lugar de con miedo, sino también para consigo mismo y los demás.

Para consigo mismo porque con todos sus fracasos inevitables frente a las demandas de otros -de por sí también legitimizados por Dios- el cristiano ya no se verá ni juzgado ni detenido por su fracasos: en este sentido Lutero habla de  la fe como confianza. Y la actitud frente a los demás es cambiada en cuanto el cristiano ya no tiene que degradarlos como objetos sobre los cuales ejecutar su piedad, por ejemplo como receptores de limosnas que sirven para demostrar la misericordia de uno.

La fe transforma el querer y el hacer

Solo los creyentes se encuentran habilitados a dejar de instrumentalizar otros seres humanos para fines de su propia bienaventuranza eterna (o de la autoimagen positiva), sino tener un encuentro con ellos, de forma que lleguen a visualizarse como personas de derechos  e intereses propios, con necesidades legítimas.

Lutero incluso va un paso más allá. Los creyentes no solo pueden hacerlo, también lo quieren hacer y lo hacen con toda su fuerza. En caso contrario, deben cuestionarse si realmente tienen fe. Porque la conciencia de la libertad cristiana tiene que tener tal efecto en la actitud del hombre cristiano que este renuncia a poner su bienestar personal como meta de su actuación. Ya sabe que ahora, gracias a la acción de Dios, no hay necesidad de eso. El objetivo es más bien el bienestar de otros, incluyendo a los «enemigos». Así que para Lutero, el amor -entendido tanto como amor al próximo como amor al enemigo- es la consecuencia de la fe en la justificación recibida. La fe, sencillamente, nos hace buenos.

Es una característica decisiva de la libertad cristiana que el hombre cristiano no tiene que orientarse de acuerdo a un catálogo de logros morales, sino que en cualquier situación dada juzgará por sí mismo lo que es lo correcto -lo más amoroso. Por ende, la libertad cristiana apunta a la autonomía y se manifiesta en la libertad de conciencia. Quiere decir que en una y misma situación dada, dos personas cristianas pueden proceder de formas distintas sin que uno de los dos -o ambos-  podrá ser cuestionado en su autoidentificación del ser cristiano. A menos que se trata de una transgresión del mandamiento del amor. Si esto fuera el caso o no, casi siempre solo lo puede juzgar el individuo mismo, ya que, como Lutero lo dice «a nadie se le puede mirar dentro del corazón».

La libertad cristiana según Lutero: su significado

Lutero extrae del texto una perspectiva triple sobre la situación del hombre cristiano (siempre en el sentido alemán de hombre como ser humano, no como género).

  • Primero.- Es muy difícil juzgar desde fuera si una acción es un acto de amor cristiano o no. La autoridad de interpretación la tiene, en primer lugar, el creyente mismo.
  • Segundo.- Ningún ser humano puede vivir sin actuar; como consecuencia, no existe situación, aunque carezca de importancia, exento de significado ético. Levantar una paja del camino, así el ejemplo famoso de Lutero, puede ser una buena obra, en caso de que se haga por amor por otro, respectivamente desde la convicción que no es necesario para ser justificado.
  • Tercero.- El bien -en el sentido del amor cristiano- no se deja cuantificar; no está sujeto a una competencia de superación.

En un tiempo donde muchos creyentes perciben la libertad cristiana sólo en términos de libertad de culto -la que, por supuesto, también se debe reclamar  así como se debe conceder-,  es liberador volver a entender este concepto central de la fe bajo la luz de nuestra relación con Dios. Porque en este sentido la libertad cristiana es única, no la puede tener sino el que cree en Jesucristo y es privilegio del creyente el que se somete porque así lo quiere.

Dios, en su soberanía, tiene el poder de hacer todo lo que quiere. Pero sólo quiere hacer lo que está dentro de su perfección en amor y justicia de amor. En este último punto, la libertad en Cristo nos abre un vistazo a lo que significa ser como Dios.

La libertad cristiana y la Reforma

El hombre cristiano es un señor libre sobre todas las cosas y no sujeto a nadie. El hombre cristiano es un siervo dispuesto a servir  en todas las cosas y sumiso a todos.

Así suena la frase más famosa del tratado De libertate christiana o Von der Freiheit eines Christenmenschen – «De la Libertad del Hombre Cristiano». Bajo este título resumió Marín Lutero su clamor por la libertad del ser humano en fe, acción y actitud.  Sus contemporáneos escucharon en este llamado cosas diversas, como por ejemplo, en cuanto a la posición del individuo frente a las autoridades eclesiásticas y seculares. De la libertad individual también se deduce la libertad de conciencia, la que hasta hoy -y hoy más que nunca- rige la convivencia entre  Iglesia y Estado en la sociedad.

La apelación a la conciencia moral en contra de las autoridades estatales y eclesiales es la escena nuclear de la Dieta de Worms en 1521 y de impacto de gran transcendencia: el despertar del pénsamiento autónomo. Los hombres comenzaron a descubrir en grado cada vez mayor su propia personalidad y capacidad frente al estado y la iglesia. Al colocar la responsabilidad personal y la decision de conciencia de cada uno en posición central, la Reforma anunció el fin del poder absoluto de las autoridades.

No obstante, hasta la realización plenaria de este concepto hay un camino largo con muchos desvíos y retrocesos, aun dentro del mundo cristiano y hasta el día de hoy. Más importante, entonces, preguntarnos por el significado de lo escrito por Lutero sobre este concepto central, en cuanto a nuestra propia relación con la libertad dentro de nuestro propio contexto.

El trasfondo

Desde el Imperio de la Iglesia, es decir, desde que se estableció como religion del Imperio Romano (380), y a lo largo de toda la Edad Media, el cristianismo se considera como orden sacro dentro del cual cada ser humana ocupa una posición fija, prescrita por Dios. La  Iglesia como un todo gozaba, por supuesto, de la libertad a fijar este orden según parámetros establecidos por ella (en contraste con el judaísmo que se regía según una ley divina muy detallada). Empero el creyente individual debía subordinarse para encajar en este orden. Sólo mediante esta subordinación y el cumplimiento de las múltiples obligaciones formales definídas la Iglesia, le fue posible al cristiano participar de la salvación por Cristo; así lo enseñaba hasta entonces la doctrina de la redención.

Para Lutero y los reformadores que le siguieron, esto era contrario al sentido de religion: «Aun cuando por tantas buenas obras estuvieras sobre pie todo el tiempo, todavía no serías justificado ni darías honor a Dios, así que no cumplieras el primer mandamiento». Por ende, la religion concebida bajo los parámetros anteriores actúa en contra de la libertad terrenal individual y solo le remite al creyente a una vida mejor y justa en al más allá. A esta perspectiva Lutero contrapone el concepto extraido de los escritos paulinos: que el hombre cristiano tiene que ser libre precisamente en el Aquí y Ahora. Lo sustenta con que no es por las obras sino únicamente por la fe que el hombre alcanza la justificación.

La libertad cristiana: su significado

Dentro de la historia humana, el tratado de Lutero traza la línea que separa el pensamiento medieval del pensamiento moderno. Al postular el sumario de las libertades cristianas las presenta no como independientes una de la otra, sino como una secuencia lógica de argumentación. Esto no solo según la comprensión de una lectura después del siglo XX; ya sus contemporaneos comprendieron la conexión entre libertad religiosa y las demás libertades culturales, intelectuales, sociales, económicas y políticas. El pensamiento central significa un revolcón total en la relación entre religion y libertad individual.

Una verdad teórica

Una mirada a la historia es suficiente para darnos cuenta que ni el reformador, ni la Reforma, ni los hijos de la Reforma entre cuyos bisnietos figuramos, lograron implantar este concepto grandioso del Evangelio. Una tras otra vez fracasa la Iglesia a vivir hasta la altura de su libertad y cada vez lo paga más caro con la pérdida de su influencia. Incluso donde los números parecen indicar lo contrario, está claro que las multitudes que se reúnen en los estadios y templos ni conocen ni se interesan por la libertad en Cristo que se les concede como privilegio y como responsabilidad.

Y sin embargo, es el ejercicio de esta libertad, tan caramente comprado por el Señor Jesucristo, lo que da validez a la decisión de obedecerle.

 

La libertad cristiana y la Reforma

El hombre cristiano es un señor libre sobre todas las cosas y no sujeto a nadie. El hombre cristiano es un siervo dispuesto a servir  en todas las cosas y sumiso a todos.

Así suena la frase más famosa del tratado De libertate christiana o Von der Freiheit eines Christenmenschen – «De la Libertad del Hombre Cristiano». Bajo este título resumió Marín Lutero su clamor por la libertad del ser humano en fe, acción y actitud.  Sus contemporáneos escucharon en este llamado cosas diversas, como por ejemplo, en cuanto a la posición del individuo frente a las autoridades eclesiásticas y seculares. De la libertad individual también se deduce la libertad de conciencia, la que hasta hoy -y hoy más que nunca- rige la convivencia entre  Iglesia y Estado en la sociedad.

La apelación a la conciencia moral en contra de las autoridades estatales y eclesiales es la escena nuclear de la Dieta de Worms en 1521 y de impacto de gran transcendencia: el despertar del pénsamiento autónomo. Los hombres comenzaron a descubrir en grado cada vez mayor su propia personalidad y capacidad frente al estado y la iglesia. Al colocar la responsabilidad personal y la decision de conciencia de cada uno en posición central, la Reforma anunció el fin del poder absoluto de las autoridades.

No obstante, hasta la realización plenaria de este concepto hay un camino largo con muchos desvíos y retrocesos, aun dentro del mundo cristiano y hasta el día de hoy. Más importante, entonces, preguntarnos por el significado de lo escrito por Lutero sobre este concepto central, en cuanto a nuestra propia relación con la libertad dentro de nuestro propio contexto.

El trasfondo

Desde el Imperio de la Iglesia, es decir, desde que se estableció como religion del Imperio Romano (380), y a lo largo de toda la Edad Media, el cristianismo se considera como orden sacro dentro del cual cada ser humana ocupa una posición fija, prescrita por Dios. La  Iglesia como un todo gozaba, por supuesto, de la libertad a fijar este orden según parámetros establecidos por ella (en contraste con el judaísmo que se regía según una ley divina muy detallada). Empero el creyente individual debía subordinarse para encajar en este orden. Sólo mediante esta subordinación y el cumplimiento de las múltiples obligaciones formales definídas la Iglesia, le fue posible al cristiano participar de la salvación por Cristo; así lo enseñaba hasta entonces la doctrina de la redención.

Para Lutero y los reformadores que le siguieron, esto era contrario al sentido de religion: «Aun cuando por tantas buenas obras estuvieras sobre pie todo el tiempo, todavía no serías justificado ni darías honor a Dios, así que no cumplieras el primer mandamiento». Por ende, la religion concebida bajo los parámetros anteriores actúa en contra de la libertad terrenal individual y solo le remite al creyente a una vida mejor y justa en al más allá. A esta perspectiva Lutero contrapone el concepto extraido de los escritos paulinos: que el hombre cristiano tiene que ser libre precisamente en el Aquí y Ahora. Lo sustenta con que no es por las obras sino únicamente por la fe que el hombre alcanza la justificación.

La libertad cristiana: su significado

Dentro de la historia humana, el tratado de Lutero traza la línea que separa el pensamiento medieval del pensamiento moderno. Al postular el sumario de las libertades cristianas las presenta no como independientes una de la otra, sino como una secuencia lógica de argumentación. Esto no solo según la comprensión de una lectura después del siglo XX; ya sus contemporaneos comprendieron la conexión entre libertad religiosa y las demás libertades culturales, intelectuales, sociales, económicas y políticas. El pensamiento central significa un revolcón total en la relación entre religion y libertad individual.

Una verdad teórica

Una mirada a la historia es suficiente para darnos cuenta que ni el reformador, ni la Reforma, ni los hijos de la Reforma entre cuyos bisnietos figuramos, lograron implantar este concepto grandioso del Evangelio. Una tras otra vez fracasa la Iglesia a vivir hasta la altura de su libertad y cada vez lo paga más caro con la pérdida de su influencia. Incluso donde los números parecen indicar lo contrario, está claro que las multitudes que se reúnen en los estadios y templos ni conocen ni se interesan por la libertad en Cristo que se les concede como privilegio y como responsabilidad.

Y sin embargo, es el ejercicio de esta libertad, tan caramente comprado por el Señor Jesucristo, lo que da validez a la decisión de obedecerle.

 

La Carta a los Romanos

Esta epístola es la pieza principal del Nuevo Testamento y el Evangelio más puro. Está bien digna y merecedora de que un cristiano no sólo la conozca de memoria palabra por palabra, sino que también todos los días la trate como el pan diario del alma. Porque jamás puede leerse ni considerarse en exceso. Entre más uno trata con ella, más deliciosa se vuelve y más nos gusta. Por lo que también yo quisiera agregar mi servicio con este prefacio y, hasta donde Dios me lo concede, procurarle una introducción con el fin de que sea tanto mejor comprendida por cada uno. Ya que hasta ahora ha sido malignamente denigrada por interpretaciones y ciertos murmuraciones, cuando al contrario es luz brillante en sí y enteramente suficiente para aclarar a la Escritura entera. En primer lugar debemos comprender el lenguaje y saber lo que San Pablo quiso decir con las palabras: ley, pecado, gracia, fe, justicia, carne y otras similares. Sí no, la lectura no nos aprovecha.

Con esas palabras comienza Lutero la introducción a la Epístola a los Romanos de Pablo, el autor en la Biblia que como ningún otro iría a explicar a los discípulos cuáles eran los fundamentos y principios de su fe.

Los escritos de Pablo tenían reputación de difícil comprensión, y desde Orígenes (185-254) existían interpretaciones diferentes. Desde el siglo II hasta el XV se redactaron por lo menos 32 comentarios importantes. No obstante, sea desde la perspectiva intelectual o teológica, la Carta a los Romanos siempre se consideraba la obra maestra de Pablo. En el siglo XX, el eminente teólogo neo-ortodoxo Emil Brunner dice: «¡Qué poder espiritual debe haber estado vivo en este Pablo que fue capaz de dictar tal obra en unas cuantas noches.» Según fuentes antiguas, el padre de la Iglesia Crisóstomo mandó que se le leyera la carta una vez semanal; el reformador Calvino dijo de ella que abre la puerta a todos los tesoros de las Santas Escrituras.

Según la convicción de Lutero, el que entiende la Carta a los Romanos tiene acceso a casi toda la Biblia. En ella, Pablo no sólo resumía a la doctrina neotestamentaria: también abría el acceso al Antiguo Testamento. La comprensión de la revelación progresiva y el cristocentrismo sostenido por Lutero parten de Romanos, más que de ningún otro texto.

El descubrimiento

Antes de estudiar a Pablo, Lutero temía a Dios y a Cristo como jueces implacables del mundo y de la humanidad. Este terror le quitó la tranquilidad. Su superior en el monasterio y consejero espiritual, Johannes von Staupitz, le aconsejó: «Tenéis que haceros Doctor o predicador, para que tengáis algo que hacer.»

A partir de otoño 1512 Lutero lee cátedra en Wittenberg. Pero el trabajo duro no lo libera del miedo.  En el semestre 1515/16 establece la asignatura de la Carta a los Romanos. Cuando llega a 1:17 se detiene. Comienza a odiar la expresión «justicia de Dios» ya que la entiende como la cualidad de Dios por medio de la cual castiga a los injustos. En la búsqueda todavía inconsciente por el Dios de gracia, el profesor de teología lucha contra Dios y se rebela contra Él: «Como si no fuera suficiente que el pecador sea perseguido por la ley, ¿Dios también tiene que amenazarlo con su ira por medio del Evangelio?»

Aun cuando Lutero casi se destruye en su interior, el texto ya no lo suelta. De repente se le ilumina la mente. Su mirada se dirige a la continuación del verso: «El justo por fe vivirá.»  Comprende que la «justicia de Dios» no se define como su intención de condenar al pecador, sino que describe a la dádiva divina que restablece al pecador. Dios viste al que cree von la justicia de Cristo para salvarlo. Para Lutero, el pasaje de Romanos se convierte en «el portón del paraíso».  Ahora lo tiene claro:

«El justificado por fe, vivirá.»

La influencia

El preámbulo de Lutero repercutió fuertemente en diferentes movimientos posteriores. Para Juan Wesley era el impulso definitivo. En la noche del 24 de mayo de 1783, durante una reunión de creyentes en Londres, se hizo lectura de este escrito:

«La fe es la obra divina en nosotros, lo que nos transforma y nos hace nacer de nuevo desde Dios y da muerte al viejo Adán; hace de nosotros a hombres diferentes en corazón, ánimo y mente y en todas las fuerzas y trae consigo al Espíritu Santo… Ella (la fe) no pregunta si hay buenas obras por hacer, más bien, antes de que uno pregunte, ya las ha hecho y permanece para siempre haciéndolas.»

La Carta a los Romanos habló a Agustín en su búsqueda de Dios, respondió a Lutero cuando deseaba al Dios de la gracia y ayudó a Wesley en su lucha por la fe que salva. El teólogo de mayor influencia del siglo XX, Karl Barth recibió respuesta desde Romanos a la pregunta central: «¿Cómo puedo yo, precisamente yo el hombre, propagar la Palabra viva de Dios, precisamente la palabra de Dios?» En medio de la Primera Guerra Mundial empezó con la interpretación de la Carta a los Romanos y la terminó en 1918, abogando por un entendimiento de la revelación según Romanos:

«Dios es Dios, pero es Dios para el mundo. El mundo es el mundo, pero es amado por Dios. Dios se encuentra con el mundo en Jesucristo.»

Una tras otra vez, la Carta a los Romanos ejerce profunda apelación a los hombres. Coleridge la describe como «la obra más profunda escrita jamás». Melanchthon, compañero y sucesor de Lutero acostumbraba copiarla diariamente dos veces para no olvidar nada de ella. Y no pocos modernos aprecian al Apóstol Pablo como «el intelectual más grande de la Antigüedad» a causa de lo que alguna vez escribió a la comunidad cristiana en Roma.

Todos lo deben saber

Lutero termina su preámbulo diciendo:

«Así que encontramos en esta epístola de la forma más rica lo que un cristiano debe saber, es decir, lo que es ley, evangelio, pecado, castigo, gracia, justicia, Cristo, Dios, buenas obras, amor, esperanza, cruz, y cómo debemos comportarnos para con cada uno, sea piadoso o un pecador, fuerte o débil, amigo o enemigo, y frente a nosotros mismos.  Además, todo esto se razona de manera contundente con citas de la Escritura, se comprueba con el ejemplo de sí y de los profetas, así que en este respecto no deja nada que desear. Por eso también parece como si San Pablo hubiera pretendido resumir en breve a toda la enseñanza cristiana y evangélica en esta epístola y con ella abrir el acceso a todo el Nuevo Testamento. Porque, sin duda: el que lleva a esta epístola en el corazón, lleva consiga a toda la luz y fuerza del Nuevo Testamento. Por ende, que todo cristiano la use para todo y permanentemente. ¡Qué Dios de su gracia a esto! Amén.»

La Carta a los Romanos

Esta epístola es la pieza principal del Nuevo Testamento y el Evangelio más puro. Está bien digna y merecedora de que un cristiano no sólo la conozca de memoria palabra por palabra, sino que también todos los días la trate como el pan diario del alma. Porque jamás puede leerse ni considerarse en exceso. Entre más uno trata con ella, más deliciosa se vuelve y más nos gusta. Por lo que también yo quisiera agregar mi servicio con este prefacio y, hasta donde Dios me lo concede, procurarle una introducción con el fin de que sea tanto mejor comprendida por cada uno. Ya que hasta ahora ha sido malignamente denigrada por interpretaciones y ciertos murmuraciones, cuando al contrario es luz brillante en sí y enteramente suficiente para aclarar a la Escritura entera. En primer lugar debemos comprender el lenguaje y saber lo que San Pablo quiso decir con las palabras: ley, pecado, gracia, fe, justicia, carne y otras similares. Sí no, la lectura no nos aprovecha.

Con esas palabras comienza Lutero la introducción a la Epístola a los Romanos de Pablo, el autor en la Biblia que como ningún otro iría a explicar a los discípulos cuáles eran los fundamentos y principios de su fe.

Los escritos de Pablo tenían reputación de difícil comprensión, y desde Orígenes (185-254) existían interpretaciones diferentes. Desde el siglo II hasta el XV se redactaron por lo menos 32 comentarios importantes. No obstante, sea desde la perspectiva intelectual o teológica, la Carta a los Romanos siempre se consideraba la obra maestra de Pablo. En el siglo XX, el eminente teólogo neo-ortodoxo Emil Brunner dice: «¡Qué poder espiritual debe haber estado vivo en este Pablo que fue capaz de dictar tal obra en unas cuantas noches.» Según fuentes antiguas, el padre de la Iglesia Crisóstomo mandó que se le leyera la carta una vez semanal; el reformador Calvino dijo de ella que abre la puerta a todos los tesoros de las Santas Escrituras.

Según la convicción de Lutero, el que entiende la Carta a los Romanos tiene acceso a casi toda la Biblia. En ella, Pablo no sólo resumía a la doctrina neotestamentaria: también abría el acceso al Antiguo Testamento. La comprensión de la revelación progresiva y el cristocentrismo sostenido por Lutero parten de Romanos, más que de ningún otro texto.

El descubrimiento

Antes de estudiar a Pablo, Lutero temía a Dios y a Cristo como jueces implacables del mundo y de la humanidad. Este terror le quitó la tranquilidad. Su superior en el monasterio y consejero espiritual, Johannes von Staupitz, le aconsejó: «Tenéis que haceros Doctor o predicador, para que tengáis algo que hacer.»

A partir de otoño 1512 Lutero lee cátedra en Wittenberg. Pero el trabajo duro no lo libera del miedo.  En el semestre 1515/16 establece la asignatura de la Carta a los Romanos. Cuando llega a 1:17 se detiene. Comienza a odiar la expresión «justicia de Dios» ya que la entiende como la cualidad de Dios por medio de la cual castiga a los injustos. En la búsqueda todavía inconsciente por el Dios de gracia, el profesor de teología lucha contra Dios y se rebela contra Él: «Como si no fuera suficiente que el pecador sea perseguido por la ley, ¿Dios también tiene que amenazarlo con su ira por medio del Evangelio?»

Aun cuando Lutero casi se destruye en su interior, el texto ya no lo suelta. De repente se le ilumina la mente. Su mirada se dirige a la continuación del verso: «El justo por fe vivirá.»  Comprende que la «justicia de Dios» no se define como su intención de condenar al pecador, sino que describe a la dádiva divina que restablece al pecador. Dios viste al que cree von la justicia de Cristo para salvarlo. Para Lutero, el pasaje de Romanos se convierte en «el portón del paraíso».  Ahora lo tiene claro:

«El justificado por fe, vivirá.»

La influencia

El preámbulo de Lutero repercutió fuertemente en diferentes movimientos posteriores. Para Juan Wesley era el impulso definitivo. En la noche del 24 de mayo de 1783, durante una reunión de creyentes en Londres, se hizo lectura de este escrito:

«La fe es la obra divina en nosotros, lo que nos transforma y nos hace nacer de nuevo desde Dios y da muerte al viejo Adán; hace de nosotros a hombres diferentes en corazón, ánimo y mente y en todas las fuerzas y trae consigo al Espíritu Santo… Ella (la fe) no pregunta si hay buenas obras por hacer, más bien, antes de que uno pregunte, ya las ha hecho y permanece para siempre haciéndolas.»

La Carta a los Romanos habló a Agustín en su búsqueda de Dios, respondió a Lutero cuando deseaba al Dios de la gracia y ayudó a Wesley en su lucha por la fe que salva. El teólogo de mayor influencia del siglo XX, Karl Barth recibió respuesta desde Romanos a la pregunta central: «¿Cómo puedo yo, precisamente yo el hombre, propagar la Palabra viva de Dios, precisamente la palabra de Dios?» En medio de la Primera Guerra Mundial empezó con la interpretación de la Carta a los Romanos y la terminó en 1918, abogando por un entendimiento de la revelación según Romanos:

«Dios es Dios, pero es Dios para el mundo. El mundo es el mundo, pero es amado por Dios. Dios se encuentra con el mundo en Jesucristo.»

Una tras otra vez, la Carta a los Romanos ejerce profunda apelación a los hombres. Coleridge la describe como «la obra más profunda escrita jamás». Melanchthon, compañero y sucesor de Lutero acostumbraba copiarla diariamente dos veces para no olvidar nada de ella. Y no pocos modernos aprecian al Apóstol Pablo como «el intelectual más grande de la Antigüedad» a causa de lo que alguna vez escribió a la comunidad cristiana en Roma.

Todos lo deben saber

Lutero termina su preámbulo diciendo:

«Así que encontramos en esta epístola de la forma más rica lo que un cristiano debe saber, es decir, lo que es ley, evangelio, pecado, castigo, gracia, justicia, Cristo, Dios, buenas obras, amor, esperanza, cruz, y cómo debemos comportarnos para con cada uno, sea piadoso o un pecador, fuerte o débil, amigo o enemigo, y frente a nosotros mismos.  Además, todo esto se razona de manera contundente con citas de la Escritura, se comprueba con el ejemplo de sí y de los profetas, así que en este respecto no deja nada que desear. Por eso también parece como si San Pablo hubiera pretendido resumir en breve a toda la enseñanza cristiana y evangélica en esta epístola y con ella abrir el acceso a todo el Nuevo Testamento. Porque, sin duda: el que lleva a esta epístola en el corazón, lleva consiga a toda la luz y fuerza del Nuevo Testamento. Por ende, que todo cristiano la use para todo y permanentemente. ¡Qué Dios de su gracia a esto! Amén.»

La Reforma y las Mujeres (3)

El lado oscuro

La vida en el claustro, por seguro, tenía su lado oscuro: una y otra abadesa llevaba un regimen de dureza y los sublimes votos de pobreza, de obediencia y castidad no siempre se respetaron. A pesar de esto, muchas monjas no estuvieron de acuerdo con la descripción de Lutero el que habló de la vida monacal como de una «prisión perpetua». Con la crítica y la siguiente aperture de los claustros, no sólo se perdió un estilo de vida, la soltería femenina respetada, también se plantó una norma social nueva. Una mujer tenía que ser esposa, server al marido y dar luz a la descendencia.

Con todo el aprecio que tenía para con su propia esposa, con todos los principios sobre la igualdad spiritual de los sexos, tampoco Lutero cedió en el punto del rol de la mujer:

«Aun cuando ellas (las mujeres) se fatiguen y desgasten hasta la muerte (por los embarazos), esto no hace daño. Que se desgasten hasta morir; para eso nacieron.»

La libertad, que era un valor tan importante para Martín Lutero, no se concedía de la misma manera cuando da la mujer se trataba. En lo que a ellas respecta, el potencial emancipatorio de la Reforma no hizo su pleno despliegue. El sacerdocio universal, entre otros, hubiera tenido que abrir el acceso de las mujeres a todas las funciones eclesiales. Pero no fue así. Con pocas excepciones -en los movimientos radicales de los anabaptistas y posteriormente en el pietismo- tenían que pasar casi 500 años más, antes de que surgiera una discusión seria sobre la ordenación de mujeres que luego llevó a su implantación. En las iglesias luteranas de Alemania, la emancipación completa rige desde 1968. Hasta hoy hay un gran número de denominaciones que todavía se niegan a dar el paso hasta el reconocimiento con todas sus implicaciones. Y basta asistir a algunas ceremonias matrimoniales en congregaciones evangélicas para darse cuenta que su interpretación de Efesio 5:21-33 no fue sometida a un mayor examen exegético.

La Reforma y las mujeres: conclusiones finales

A la pregunta sobre si la Reforma trajo ganancias para la libertad de las mujeres, si dio impulso a la emancipación femenina, no existe una respuesta única. Dentro del movimiento reformatorio, algunas mujeres individuales ciertamente experimentaron el aliento, la afirmación y liberación que el Evangelio de Cristo promete a todos los seres humanos; lograron descubrir y desarrollar un estilo de vida nuevo, hasta entonces no explorado. En resumen, no obstante, la Reforma redujo la imagen de la mujer al rol de esposa y madre, y esta imagen era la dominante durante los siglos siguientes. Sólo el las tendencias sociales del siglo XX condujeron a los cambios radicales  de los cuales actualmente somos testigos.

Parece justo decir que la Reforma plantó las semillas de este desarrollo, pero que el mismo suelo preparado por los reformadores era demasiado árido y pedregoso para que la siembra hubiera podido romperlo.  De hecho, desde tiempos bíblicos y la era de reformación todavía yacen semillas en la tierra que esperan el tiempo de su maduración y cosecha.

Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús.

Esta declaración paulina es una de esas semillas, esperando a que el suelo se ablande y que pueda llegar a la realización plena.