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La Iglesia enviada por Dios

La Iglesia enviada por Dios

Missio Dei

Se trata de un término en latín usado en la teología cristiana, especialmente en la Teología Propia y la Misiología, que se puede traducir como la misión de Dios o el envío de Dios. Abarca toda la acción evangelizadora de la Iglesia, dirigida a la sociedad y cultura local como también en el ámbito intercultural global, pero desde el punto de vista de la teología propia trinitaria.

El impacto directo de Missio Dei

Lejos de permanecer una mera expresión teológica, recluida en la torre de marfil de los eruditos, se debe ante todo a la interpretación propagada por el ministro y teólogo inglés John Stott, anglicano. Como Padre intelectual de Lausana 1974 (vea también en Billy Graham), su visión de la Iglesia como agente de cambio llamado y enviado por Dios, y su concepto de la Biblia donde la misión de Dios recorre el texto desde Génesis hasta Apocalipsis como eje central, raras veces usó el término en sí, pero fundamentó su teología sobre él. Los capítulos sobre el Dios misionero y la Misión holística de la Iglesia en su obra El cristiano contemporáneo, no serían posibles sino sobre la base de una bien entendida Missio Dei, en la cual la glorificación del Señor es Alfa y O mega del discurso.

Posteriormente, otro nombre conocido y autor prolífico, el pastor bautista y predicador reformado John Piper, también usó un lenguaje similar en sus conferencias, exhortando a la misión mundial con la Iglesia como herramienta en mano de Dios para obtener la adoración global, y, por ende, la restauración del gobierno de facto sobre la creación. El libro ¡Alégrense las naciones! sobre la supremacía de Dios en las misiones, deja esto bien claro.

Missio Dei, un resultado de la era poscolonial, en las últimas décadas se ha convertido en un concepto clave de la misiología contemporánea y es universalmente usado por los teólogos como David Bosch, Lesslie Newbigin, Darrell Guder, Alan Roxburgh,  Alan Hirsch, Tim Keller,  Ed Stetzer, y otros más, así como por las redes misionales como Gospel and Culture Network (Guder), Forge Mission Training Network Australia (Hirsch), Together in Mission UK, and the Allelon Foundation (Roxburgh).

El desarrollo de un concepto

La historia transmitida relata que, en 1934, Karl Hartenstein, un misiólogo alemán, acuñó la frase en respuesta a Karl Barth[1]. Este lenguaje, se argumenta, fue recogido en la conferencia de Willingen en 1952, por  el Concilio Misionero  Internacional (IMC) y desarrollado teológicamente por el teólogo luterano Georg Vicedom[2]. En un relato más reciente de John Flett[3] se sostiene que, mientras Hartenstein  efectivamente introdujo el término actual missio Dei,[4]  no ubicó esa misión en la doctrina de la Trinidad. Esta referencia a la Trinidad apareció el “American Report”, un documento de estudio preparado para la conferencia de Willingen en 1952, bajo la dirección de Paul Lehmann y H. Richard Niebuhr [5] Este documento sugirió un vínculo entre los movimientos revolucionarios en la historia y la “Misión de Dios”.  Muchos de los problemas posteriores que encontró missio Dei se derivan de estos orígenes, y en especial en la falla de fundamentar el concepto en un contexto robusto con la Trinidad.

Esas preocupaciones conocidas con missio Dei también significaron que el concepto pasó por un hiato hasta que le fue dado una descripción concisa por David Bosch. Según David J. Bosch, “misión no es en primer lugar una actividad de la Iglesia, sino un atributo de Dios. Dios es un dios misionero”.[6] Jürgen Moltmann dice, “no es la Iglesia la que tiene una misión de salvación a cumplir en el mundo, es la misión del Hijo y del Espíritu a través del Padre que incluye a la Iglesia”. [7] Conforme a una opinión:

Durante cerca la última mitad del siglo hubo un traslado sutil, pero sin embargo decisivo, hacia la comprensión de la misión como la misión de Dios. Durante los siglos anteriores, misión se entendió en una variedad de maneras. A veces fue interpretado primariamente en términos soteriológicos: como salvando a individuos de la condenación eterna. O fue entendido en términos culturales: como introducción de pueblos del Oriente y Sur en las bendiciones y privilegios del Occidente cristiano. Frecuentemente se percibió en categorías eclesiales: como la expansión de la Iglesia (o de una denominación específica). A veces se definió como salvación históricamente: como el proceso por el cual el mundo -de forma evolucionaria o por medio de un evento cataclísmico- sería transformado en el Reino de Dios. En todas esas instancias, y por diferentes caminos, frecuentemente contradictorios entre sí, la interrelación intrínseca entre cristología, soteriología, y la doctrina de la Trinidad, tan importante para la iglesia primitiva, fue gradualmente desplazado por una o varias versiones de la doctrina de la gracia… Misión, se entendía, se derivaba de la mismísima naturaleza de Dios. Fue así que fue puesto en el contexto de la doctrina de la Trinidad, no de eclesiología o soteriología. La doctrina clásica de la missio Dei como Dios Padre enviando al Hijo, y Dios Padre e Hijo enviando al Espíritu, se expandió para incluir todavía un ‘movimiento’ más: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo enviando a la Iglesia al mundo. En cuanto a lo que concierne el pensamiento misionero, este vinculación con la doctrina de la Trinidad constituía una innovación importante…

Nuestra misión no tiene vida en sí misma; sólo en manos del Dios que envía puede llamarse verdaderamente misión. No, a menos que la iniciativa misionera venga de Dios solo…

Misión se ve, por ende, como un movimiento de Dios hacia el mundo; la Iglesia es visto como un instrumento para esa misión. Hay Iglesia porque hay una misión, no al revés. Participar en la misión es participar en el movimiento del amor de Dios hacia la gente, ya que Dios es una fuente de enviar amor.[8]

Hablando en nombre de The Gospel and Our Culture Network [Red El Evangelio y Nuestra Cultura], Darrell Guder escribe,

“hemos llegado a ver que la misión no es meramente una actividad de la Iglesia. Más bien, misión es el resultado de la iniciativa de Dios, arraigada en los propósitos de Dios de restaurar y sanar la creación. ‘Misión’ significa ‘envío’, y es el tema bíblico central que describe el propósito de la acción de Dios en la historia humana… Hemos comenzado a aprender que el mensaje bíblico es más radical, más inclusivo, más transformador que le permitimos ser; en particular, hemos comenzado a ver que la Iglesia de Jesucristo no es la razón de ser o la meta final del Evangelio, sino más bien su instrumento y testigo… La misión de Dios está llamándonos y enviándonos al mundo, nosotros, la Iglesia de Jesucristo, para ser una iglesia misionera en nuestras propias sociedades, en las culturas en las que nos encontramos.[9]

Alan Hirsch cree que la palabra misional “va al corazón de la naturaleza misma y del propósito de la Iglesia en sí”. Continúa:

Así que una efectiva definición de la iglesia misional es la comunidad del pueblo de Dios que se define a sí mismo, y organiza su vida alrededor su propósito real de ser un agente de la misión de Dios al mundo. En otras palabras, el principio organizador verdadero y auténtico de la Iglesia es la misión. Cuando la Iglesia está en su misión, entonces es la Iglesia verdadera. La Iglesia misma no es solo un producto de esa misión, sino es obligada y destinada a extenderla por todos los medios posibles. La misión de Dios fluye directamente a través de cada creyente y cada comunidad de fe que sigue a Jesús. Obstruir esto, es igual a bloquear a los propósitos de Dios en y a través del pueblo de Dios.”[i10]

Peters declara que la Biblia reclama que “el resultado final de tal missio Dei es la glorificación del Padre, Hijo y Espíritu Santo”. [11]

 

Fuente bibliográfica:

https://en.wikipedia.org/w/index.php?title=Missio_Dei&oldid=821460016

[1] Engelsviken, Tormod. “Missio Dei: The Understanding and Misunderstanding of a Thlogical Concept in European Churches and Missiology”, International Review of Mission 92, no. 4 (2003): 481-97.
[2] Vicedom, Georg F. Missio Dei: Einführung in eine Theologie der Mission. München: Chr. Kaiser Verlag, 1958;
[3] Flett, John G. The Witness of God: the Trinity, Missio Dei, Karl Barth and the Nature of Christian Communit.y Grand Rapids, MI: Eerdmans, 2010.
[4] Hartenstein, Karl. “Wozu nötigt die Finanzlage der Mission.” Evangelisches Missions-Magazin 79 (1934): 217-29.
[5] Para una versión anterior, vea Niebuhr, H. Richard. “The Doctrine of the Trinity and the Unity of the Church.” Theology Today 3, no. 3 (1946): 371-84. Para el texto que informó al American report, vea Niebuhr, H. Richard. “An Attempt at a Theological Analysis of Missionary Motivation.” Occasional Bulletin of Missionary Research 14, no. 1 (1963): 1-6.
[6] Bosch, David J., Transforming Mission, Maryknoll: Orbis Books, 1991, 389–390.
[7] Moltmann, Jürgen. The Church in the Power of the Spirit: A Contribution to Messianic Ecclesiology, London: SCM Press, 1977, 64
[8] Bosch, David J. Transforming Mission, Maryknoll: Orbis Books, 1991, 389–390.
[9] Guder, Darrell L. (editor), Missional Church: A Vision for the Sending of the Church in North America, Grand Rapids, MI: Eerdmans Publishing, 1998, 4-5.
[10] Alan Hirsch, The Forgotten Ways, Grand Rapids, MI: Brazos Press, 2006, 82
[11] George W. Peters, A Biblical Theology of Missions, Chicago: Moody Press, 1972, 9.
Las misiones en el Tercer Milenio (2)

Las misiones en el Tercer Milenio (2)

Crónica de un fracaso anunciado

¿Por qué es tan difícil lograr que el creyente normal se involucre en las misiones de la Iglesia de forma significativa? ¿Por qué hay tan pocos creyentes que demuestren un interés por la obra misionera que sobrepasa la curiosidad normal? ¿Cómo aprenderemos a alzar los ojos y dirigir la mirada hacia los campos blancos donde desde siglos se están perdiendo las cosechas?

Las tendencias del desarrollo humano -crecimiento de la población, problemas energéticos/ambientales/alimenticias y la consecuente migración, son desfavorables a la extensión del Evangelio. Los historiadores de siglos futuros registrarán este fenómeno como Crónica de un fracaso anunciado al hablar de la generación de creyentes que vivía 2000 años después del Pentecostés y que presenció con brazos cruzados el retroceso del Evangelio entre los pueblos del mundo.

Dios puede hacer grandes cosas… si hacemos grandes cosas para Él

Hay dos mapas conceptuales que pueden ayudarnos a forzar un cambio de rumbo:

  • La plataforma misionera. Impulsado por pastores y maestros misioneros, la congregación -representada por una mayoría importante de sus miembros- asume su responsabilidad de hacer misiones, convirtiéndose cada uno en misionero que envía por medio de su constancia en oración y aportes financieros. Sobre esta plataforma congregacional se empoderan los misioneros que son enviados, incluyendo a los misioneros nativos que con frecuencia son la mejor opción para el progreso de la obra.
  • El cristiano mundial. Independiente de la clase de involucramiento -enviar o ir-, el creyente individual está llamado a comprender su razón de ser: extender la gloria de Dios sobre la humanidad, hacer que Su Reino se manifieste en la tierra y que todo hombre o mujer en el mundo lo adore (Mt 6:9). Al que esté tan fascinado con esta perspectiva que se dispone a sacrificarse a ella – tiempo, esfuerzo, bienes, vida- se puede describir como cristiano mundial.

Tal vez ningún aspecto de la historia eclesiástica muestra la abundante generosidad con la que Dios contesta a la acción de fe de su pueblo, como lo que podemos observar en las misiones mundiales. Si el terreno perdido es enorme, si el alcance de la tarea parece humanamente imposible, ¡la gracia del Señor es siempre superior! La lección histórica a la Iglesia es que Dios no se mueve donde nosotros no nos movemos, pero si lo hacemos, Él nos arrastra por la magnitud de Su respuesta!

Alza tus ojos y mira, la cosecha está lista

Todos los ministerios tienen que laborar a favor del desarrollo de esta conciencia en el creyente. En el estado actual de adormecimiento y pérdida de enfoque de la iglesia occidental, será necesario

  • provocar un cambio de mentalidad,
  • la creación de patrones nuevos -o más bien radicales, es decir, desde el tiempo de las raíces- de interpretación bíblica y del tema homilético;
  • y la reeducación en cuanto a los objetivos del creyente y la identidad del discípulo.

Comencemos a familiarizarnos con la idea que el mundo nos espera con ansiedad, aún cuando todavía no lo sabe, pero ante todo que el Padre con brazos abiertos seguirá esperando al regreso de todos sus hijos a casa. Si esta espera dura otro milenio más, en nuestras manos está.

Continuará…

Las misiones en el Tercer Milenio (1)

Las misiones en el Tercer Milenio (1)

La Iglesia de Cristo es misionera, o…

Al seguir el curso que el Evangelio ha tomado hasta llegar a nosotros, la historia de cada creyente y de cada iglesia local encuentran su punto de partida en las misiones. En algún momento del pasado, nuestro origen como iglesia cristiana se deduce de la predicación del Evangelio de parte de creyentes venidos de algún lugar distante, o de parte de personas entre nosotros que escucharon el mensaje predicado cuando se encontraron lejos de su residencia habitual.

Sería absurdo y contrario al propósito del Señor que nos confió su Gran Comisión, pensar que la obra misionera de Dios se detuviera por haber alcanzado a nosotros. Más bien, la constitución como pueblo de Dios nos instituye como agentes de Sus propósito y nos determina a expandir esta obra, extenderla donde las buenas nuevas del Evangelio aún son desconocidos. Una condición para dar este paso es hacer de las Misiones un tema central dentro de la comunidad cristiana, con el fin de responder al deseo más profundo de Dios mismo.

El Señor no tarda en cumplir su promesa, según entienden algunos la tardanza. Más bien, él tiene paciencia con ustedes, porque no quiere que nadie perezca sino que todos se arrepientan.(2P 3:9)

Una historia de enfoques erróneas

El concepto de misiones dentro del marco de las iglesias cristianas ha sido tradicionalmente pobre y reducido. Entre las múltiples razones se encuentran

  • el centralismo transcultural de la Iglesia Católico-Romana, que desde su origen identificó las misiones con la afiliación a la Santa Madre en Roma y no estaba interesada en el crecimiento de fuertes iglesias locales, autónomas y autóctonas;
  • la concentración determinada de las iglesias protestantes en combatir todo lo «católico» sin mirar más allá de los confines del mundo cristiano
  • doctrinas que declararon al status quo del mundo como producto de la soberanía divina – «si el Señor quisiera salvar a los paganos, lo haría sin nuestra ayuda»: predestinación doble, fundamentalismo, y otras;
  • el expansionismo transcultural de las misiones protestantes occidentales, que confundieron el proceso de cristianización con la implementación de la civilización occidental.
  • Finalmente, la indiferencia pronunciada de la iglesia contemporánea evangélica «posmoderna» frente a todo lo que no concierne su propio bienestar y prosperidad.

El efecto de estas actitudes: un abismo cada vez mayor entre lo alcanzado y lo que falta por alcanzar.

La gran ausente en las misiones: la Iglesia

Paradójicamente, la omisión de la iglesia cristiana en alinearse a los propósitos del Señor, queda demostrada por la historia de los misioneros pioneros y la existencia de las organizaciones paraeclesiásticas, conocidas como agencias misioneras. Desde Patricio en Irlanda (siglo V d.C.) hasta Albert Schweitzer en Gabón (siglo XX), los misioneros siguieron a su llamado personal, sin ayuda de parte de la iglesia o incluso teniendo que superar la resistencia de ella. En tiempos modernos, estos pioneros dieron origen a empresas legendarias: las Misiones Jesuitas de acuerdo al modelo de Francisco de Javier, la Misión al Interior de África, siguiendo a los pasos de Livingstone, la Misión al Interior de China, fundada por Hudson Taylor, y muchas otras. Ante este telón, más resalta la ausencia de la iglesia en sí.

A pesar de la Gran Comisión, el movimiento misionero nunca ha sido un movimiento masivo.

El déficit en la misiones, acumulado a lo largo de siglos por una Iglesia que mantiene la vista clavada en sus propias necesidades antes que en los propósitos del Señor, sólo se recupera colocando nuevos odres, nuevos paradigmas, en las mentes de los millones que llenan los templos pero que aún no han descubierto la transcendencia de la existencia cristiana.

¿Cuál es la perspectiva actual de las Misiones globales?

Continuará…

El Milenio de la Iglesia (2)

El Milenio de la Iglesia (2)

¿Qué define la Iglesia?

A lo largo de esta historia bimilenaria la Ekklesía ha sobrevivido un número no pequeño de altibajos y laceraciones, mayormente auto infligidas.  La pregunta es si en todo este proceso ha logrado conservar su identidad. Pero esto nos exige preguntarnos sobre las características que definen la Iglesia.

En la tradición de la Iglesia Católico-Romana, se percibe a sí misma
dotada de infalibilidad y jurisdicción sobre el mundo. Por naturaleza la Iglesia es una, santa, católica y apostólica, por le que le fue dado una función: es el medio necesario para la salvación. La pertenencia a la Iglesia es un paso anterior a la salvación, resumido en la declaración Extra Ecclesiam nulla salus. Esta intermediación entre Dios y la humanidad se ejerce a través de los instrumentos de la gracia que se encuentran en su poder exclusivo. Lo que define a la Iglesia son los sacramentos.

A Calvino se adscribe declarar que “…la Iglesia se ha de descubrir donde la palabra de Dios es predicada en su pureza, y los sacramentos administrados según las instrucciones de Cristo”. Esto limita la definición de la Iglesia a ser instrumento doctrinal y sacramental, y deja a un lado otras notas esenciales de la Iglesia como la misión evangelizadora, la ética práctica y social, y otras más.  En este sistema, lo que define la Iglesia es su ortodoxia.

No olvidemos el concepto eclesial que comparten las comunidades de la herencia radical para las cuales la Iglesia es la asamblea de los que han aceptado la salvación por fe en Jesucristo. Es la nueva comunidad de discípulos, un cuerpo con muchos miembros, dispuesto de tal forma que, mediante un único Espíritu realizan el trabajo que Dios les ha encomendado: participar en la realización de la paz y de la justicia que Dios ha prometido. La Iglesia es la reunion de los seguidores de Cristo y lo que la define es la ortopraxia.

Miremos también a las corrientes pentecostales, nacidas más recientemente. Sería una exageración argumentar que tiene una eclesiología. En sus agrupaciones más puros se considera a la Iglesia como el espacio donde el Espíritu Santo reparte dones, en los más pragmáticos, es el lugar donde el creyente individual encuentra la llave a una vida de bendiciones.

En cierta medida hay algunas verdades en cada una de las concepciones y, probablemente, un grupo de textos bíblicos importantes para respaldarlas. Hecho es, que la realidad historica no corresponde a las pretensiones teológicas.

La Iglesia jamás ha vivido hasta la altura de las expectativas de su origen, su identidad, y su propósito; a menos no como un todo, ni siquiera en su mayoría, sino -apenas- en ‘remanentes’.

Si es así, entonces hay que sonar la alarma o renunciar a esperar a volver a ver a Cristo algún día. Porque o el Evangelio no es el poder transformador que estamos convencidos que es -en cual caso fuéramos ilusos y en vano nuestra fe-, o la triste verdad es que todavía no hemos descubierto quiénes somos cuando decimos que somos la Iglesia de Cristo.

A través de la observación del Nuevo Testamento me inclino a decir: la Iglesia se define por la cualidad de sus relaciones.

Las relaciones de la Iglesia

  1. El componente terrenal de la Iglesia es la comunidad de los santos. Sin embargo, esta no tiene existencia propia sin mantener una relación ininterrumpida, sin estorbos, cálida y sumisa con su cabeza, el Señor Jesucristo. La Iglesia no tiene vida en sí misma; depende del Señor en todo. Así que la calidad de esta relación es prioritaria en la definición de la Iglesia.
  2. No obstante, ¿cómo podrá estar funcionando la comunión entre Iglesia terrenal y Su Señor, sin que esta comunidad de los santos sea un organismo vivo, caracterizado por relaciones entre sus miembros que reflejan con fidelidad la alta calidad de au comunión con el Señor. La Iglesia tiene que convivir entre sí como convive con Dios.
  3. Porque sólo entonces también podrá funcionar la tercera clase de relaciones, las entre Iglesia y el mundo. Hoy en día ya no es suficiente hablar del entorno inmediato, es literalmente el mundo en escala global. Pero, lo mismo que antes, sí el mundo no logra percibir lo extraordinario de la Iglesia -demostrada por su convivencia y fidelidad al Señor Jesucristo- ,  la relación pierde la cualidad evangelística, aquella por la cual el Señor insistió de dejarnos en medio del mundo sin ser como el mundo. Está un juego lo más importante: la razón de ser.

Hará falta un vistazo a la historia para analizar de qué manera la Iglesia ha vivido esas tres clases de relaciones a lo largo de los siglos, cuáles han sido los efectos y qué podemos, pues, aprender de ello.

Continuará…

El Milenio de la Iglesia (1)

El Milenio de la Iglesia (1)

La doctrina que hace falta

Para muchos creyentes, la renovación doctrinal de la Reforma, era lo ultimo que faltaba para dar expresión definitiva a la enseñanza de la Iglesia.

Pero, al sólo pensar un poco, nos damos cuenta que, por supuesto, no es así. El Pentecostalismo, por ejemplo, aunque presente de forma intrínseca siempre, no encontró manifestación doctrinal explícita sino a finales del siglo XX. Lo mismo se puede decir de la Misiología, cuyo reconocimiento como rama de la teología sistemática no empezó antes del ultimo siglo y sólo en el presente está adquiriendo matices definidas. Y capítulos enteros de la antropología bíblica tienen que escribirse de nuevo sobre todo lo que tiene que ver con la identidad y el papel de la mujer, por ende, con el ser humano mismo. Esto, por su parte, tiene como consecuencia un concepto renovado sobre la participación femenina en el gobierno y las funciones eclesiales.

En un examen del pensamiento cristiano y de su impacto a la vida y el ministerio de la Iglesia, se cristalizan dos focos principales cuyo desarrollo ha abarcado largos siglos, mucha controversia, y chorros de sangre.

El milenio de la Cristología

Si alguna inquietud doctrinal obsesionó a la Iglesia del primer milenio, era antes que nada la identidad de su fundador y cabeza. La pregunta sobre quién era Jesús de Nazaret, cuál era su persona y su naturaleza, provocó tal pluralidad de respuestas, semejantes discusiones y disputas, que, por primera vez, la unidad de la Iglesia se vio en peligro.

Causó los primeros muertos inflingidos por la iglesia dentro de sí misma. Causó el primer cisma en lo que hasta entonces había sido una sóla entidad.  Causó también los primeros intentos de conciliación, las primeras formulaciones confesionales de la doctrina, los credos. Y fue un Credo el que, a pesar de otras controversias estruendas, dio la definición última a la cristiandad por siglos venideros.

Incluso la liberación de la dogmática por los teólogos liberales del siglo XIX no prevaleció por mucho tiempo, habiendo sido destituido por una nueva ortodoxia, tanto liberadora como afirmadora de lo que desde Calcedonia 451 es la confesión común de los creyentes cristianos:

“Jesucristo es una persona divina con naturaleza divina y naturaleza humana.”

Trágicamente, haber extraído de las Escrituras una mayor comprensión de la persona de Dios (entendiendo que sin comprender la persona de Jesucristo no hay comprensión de la Trinidad), no se manifestó en perfilar la identidad cristiana y nuestro papel como agente de Dios en el mundo.

El milenio de la Soteriología

La duda sobre la forma en la que la Iglesia administraba el bienestar de las almas, surgió mucho antes de la venta de indulgencies, que se consituyó sólo en la chispa que hizo estallar el polvorín acumulado por los siglos. En el centro del cuestionamiento se encontraba el monopolio que la Iglesia reclamó sobre los instrumentos de santificación, los sacramentos, entre ellos el más importante, la absolución del pecado, otorgada en la confesión. Era un reclamo eclesial basado en lo histórico, no en lo bíblico.

Repetidos movimientos, posteriormente llamados prerrefomartorios, se mostraron críticos y dispuestos a abolir este prerrogativo de la Iglesia. Junto con el gran número de auténticos herejías, fueron combatidos y erradicados sin conmiseración.

Hasta que… la historia de la Reforma hace claro que tenía éxito donde los demás habían sucumbido, ante todo por dos motivos:

  • La superioridad de su manifestación teológica que, por medio de la recién introducida imprenta, fue divulgada con rapidez y gran impacto.
  • Su conveniencia política dentro del ambiente europeo del siglo XVI que le valió el apoyo de una clase dominante.

De ahí que, incluso antes de que Lutero apareció en la Dieta de Worms para afirmar su interpretation no autorizada de las Escrituras, hasta los niños en muchas regions del Sacro Imperio Aleman sabían repetir la verdad central de la Reforma:

“El justificado por la fe, vivirá.”

Sin embargo, el saber sobre cómo el hombre llega a salvación, sólo de forma limitada contribuyó a la formación de la nueva humanidad. A muchos, los hace soberbios por saberse ‘elegidos’. Como el primer pueblo de Dios se sienten privilegiados frente a los que no han sido destinados a salvación. A otros, les hace cómodos: ya que somos salvados por fe y no por obras, creer era lo importante, no la acción. Últimamente, creer ya no significa creer en el Jesucristo divino, el que se hizo hombre para que pudiéramos imitar su perfección; numerosos ‘líderes espirituales’ enseñan que creer significa creer que Dios nos ayuda a alcanzar aspiraciones personales.

Poco de esto hace avanzar al propósito de Dios: volver toda la creación a su gobierno, o, como también se expresa: “Unir todas las cosas en Cristo”.

El milenio de la Eclesiología

Sí, está dicho. La doctrina que hace falta, que ha sido tergiversada por el catolicismo romano, y que sólo rudimentariamente tiene espacio en la teología sistemática evangélica; la doctrina  que, por ende, se ejerce en la teología práctica a manera de la conveniencia humana, no según la interpretación de las Escrituras, es la doctrina de la Iglesia.

Sólo en la Iglesia verdadera el  verdaderamente salvado puede encontrarse con el Salvador verdadero.

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