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El milenio de la Iglesia (3)

El milenio de la Iglesia (3)

El modelo del Tercer Milenio

Siguiendo al curso de la historia podemos observar -de manera simplificada- tres diferentes modelos de las relaciones de la Iglesia: primero, como las comunidades cristianas que surgieron de la primera comunidad nacida en el Pentecostés; luego -al convertirse rápidamente en iglesia del estado- en una organización jerárquica; y al romperse camino la Reforma, en la congregación de personas individuales que predomina en el ambiente actual.

Las diferencias entre estas tres versiones elementales son considerables y estrechamente relacionados con el progreso de la historia universal. Sin embargo, sería un gran error hacer responsables al mundo externo de lo que internamente tiene lugar en la Iglesia. Sólo la Iglesia misma decide cómo reaccionar a las circunstancias que el mundo y su historia le presentan, así como cada cristiana tiene que render cuenta por la forma en la que responde en las diferentes situaciones de vida.

Modelo de la Iglesia del Pentecostés

Mirar a la iglesia en sus primeros días nos tiene que dejar boquiabierto. La presencia del Espíritu Santo debe haber sido palpable. ¿Qué otra explicación se podría encontrar por la forma de convivencia en la que entraron aquellos

  • hombres y mujeres
  • de diferentes clases sociales -aunque con gran probabilidad una mayoría de ellos de las clases bajas y medio bajas-
  • de un transfondo cultural unificado por ser judíos, pero al otro lado diverso ya que no todos fueron de Palestina (ver capítulo 6 de Hechos y el problema de las viudas judías locales y judías de la diáspora griega)

Lo que los moldeaba y tal vez el mayor factor que los unía inicialmente, era una esperanza que compartían: el regreso del Señor que los iba a llevar a moradas celestiales.

Y, de hecho, necesitaben aferrarse a esta esperanza, porque tenían el resto del mundo en contra, como pronto, por mucho tiempo, en repetidas ocasiones y lugares distintos, irían a experimentar

¿Cómo construían su esquema relacional?

  • En el centro se encontraba la Iglesia, mejor llamado, la comunidad de los santos.  En ella se encontraban personas en diferentes grados de madurez en la fe, por lo tanto, también en diferentes niveles de liderazgo. Sin embargo, estas autoridades eran de la clase espiritual, no jerárquica. Eran funciones que se ejercían, no posiciones que otorgaban títulos y privilegios.
  • Pero lo más distinguido era que para todos y cada uno, la relación con Dios se establecía porque era parte de la Iglesia.

 

Modelo de la Iglesia imperial

Modelo de la Iglesia congregacional

El Modelo que necesitamos

 

La Iglesia enviada por Dios

La Iglesia enviada por Dios

Missio Dei

Se trata de un término en latín usado en la teología cristiana, especialmente en la Teología Propia y la Misiología, que se puede traducir como la misión de Dios o el envío de Dios. Abarca toda la acción evangelizadora de la Iglesia, dirigida a la sociedad y cultura local como también en el ámbito intercultural global, pero desde el punto de vista de la teología propia trinitaria.

El impacto directo de Missio Dei

Lejos de permanecer una mera expresión teológica, recluida en la torre de marfil de los eruditos, se debe ante todo a la interpretación propagada por el ministro y teólogo inglés John Stott, anglicano. Como Padre intelectual de Lausana 1974 (vea también en Billy Graham), su visión de la Iglesia como agente de cambio llamado y enviado por Dios, y su concepto de la Biblia donde la misión de Dios recorre el texto desde Génesis hasta Apocalipsis como eje central, raras veces usó el término en sí, pero fundamentó su teología sobre él. Los capítulos sobre el Dios misionero y la Misión holística de la Iglesia en su obra El cristiano contemporáneo, no serían posibles sino sobre la base de una bien entendida Missio Dei, en la cual la glorificación del Señor es Alfa y O mega del discurso.

Posteriormente, otro nombre conocido y autor prolífico, el pastor bautista y predicador reformado John Piper, también usó un lenguaje similar en sus conferencias, exhortando a la misión mundial con la Iglesia como herramienta en mano de Dios para obtener la adoración global, y, por ende, la restauración del gobierno de facto sobre la creación. El libro ¡Alégrense las naciones! sobre la supremacía de Dios en las misiones, deja esto bien claro.

Missio Dei, un resultado de la era poscolonial, en las últimas décadas se ha convertido en un concepto clave de la misiología contemporánea y es universalmente usado por los teólogos como David Bosch, Lesslie Newbigin, Darrell Guder, Alan Roxburgh,  Alan Hirsch, Tim Keller,  Ed Stetzer, y otros más, así como por las redes misionales como Gospel and Culture Network (Guder), Forge Mission Training Network Australia (Hirsch), Together in Mission UK, and the Allelon Foundation (Roxburgh).

El desarrollo de un concepto

La historia transmitida relata que, en 1934, Karl Hartenstein, un misiólogo alemán, acuñó la frase en respuesta a Karl Barth[1]. Este lenguaje, se argumenta, fue recogido en la conferencia de Willingen en 1952, por  el Concilio Misionero  Internacional (IMC) y desarrollado teológicamente por el teólogo luterano Georg Vicedom[2]. En un relato más reciente de John Flett[3] se sostiene que, mientras Hartenstein  efectivamente introdujo el término actual missio Dei,[4]  no ubicó esa misión en la doctrina de la Trinidad. Esta referencia a la Trinidad apareció el “American Report”, un documento de estudio preparado para la conferencia de Willingen en 1952, bajo la dirección de Paul Lehmann y H. Richard Niebuhr [5] Este documento sugirió un vínculo entre los movimientos revolucionarios en la historia y la “Misión de Dios”.  Muchos de los problemas posteriores que encontró missio Dei se derivan de estos orígenes, y en especial en la falla de fundamentar el concepto en un contexto robusto con la Trinidad.

Esas preocupaciones conocidas con missio Dei también significaron que el concepto pasó por un hiato hasta que le fue dado una descripción concisa por David Bosch. Según David J. Bosch, “misión no es en primer lugar una actividad de la Iglesia, sino un atributo de Dios. Dios es un dios misionero”.[6] Jürgen Moltmann dice, “no es la Iglesia la que tiene una misión de salvación a cumplir en el mundo, es la misión del Hijo y del Espíritu a través del Padre que incluye a la Iglesia”. [7] Conforme a una opinión:

Durante cerca la última mitad del siglo hubo un traslado sutil, pero sin embargo decisivo, hacia la comprensión de la misión como la misión de Dios. Durante los siglos anteriores, misión se entendió en una variedad de maneras. A veces fue interpretado primariamente en términos soteriológicos: como salvando a individuos de la condenación eterna. O fue entendido en términos culturales: como introducción de pueblos del Oriente y Sur en las bendiciones y privilegios del Occidente cristiano. Frecuentemente se percibió en categorías eclesiales: como la expansión de la Iglesia (o de una denominación específica). A veces se definió como salvación históricamente: como el proceso por el cual el mundo -de forma evolucionaria o por medio de un evento cataclísmico- sería transformado en el Reino de Dios. En todas esas instancias, y por diferentes caminos, frecuentemente contradictorios entre sí, la interrelación intrínseca entre cristología, soteriología, y la doctrina de la Trinidad, tan importante para la iglesia primitiva, fue gradualmente desplazado por una o varias versiones de la doctrina de la gracia… Misión, se entendía, se derivaba de la mismísima naturaleza de Dios. Fue así que fue puesto en el contexto de la doctrina de la Trinidad, no de eclesiología o soteriología. La doctrina clásica de la missio Dei como Dios Padre enviando al Hijo, y Dios Padre e Hijo enviando al Espíritu, se expandió para incluir todavía un ‘movimiento’ más: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo enviando a la Iglesia al mundo. En cuanto a lo que concierne el pensamiento misionero, este vinculación con la doctrina de la Trinidad constituía una innovación importante…

Nuestra misión no tiene vida en sí misma; sólo en manos del Dios que envía puede llamarse verdaderamente misión. No, a menos que la iniciativa misionera venga de Dios solo…

Misión se ve, por ende, como un movimiento de Dios hacia el mundo; la Iglesia es visto como un instrumento para esa misión. Hay Iglesia porque hay una misión, no al revés. Participar en la misión es participar en el movimiento del amor de Dios hacia la gente, ya que Dios es una fuente de enviar amor.[8]

Hablando en nombre de The Gospel and Our Culture Network [Red El Evangelio y Nuestra Cultura], Darrell Guder escribe,

“hemos llegado a ver que la misión no es meramente una actividad de la Iglesia. Más bien, misión es el resultado de la iniciativa de Dios, arraigada en los propósitos de Dios de restaurar y sanar la creación. ‘Misión’ significa ‘envío’, y es el tema bíblico central que describe el propósito de la acción de Dios en la historia humana… Hemos comenzado a aprender que el mensaje bíblico es más radical, más inclusivo, más transformador que le permitimos ser; en particular, hemos comenzado a ver que la Iglesia de Jesucristo no es la razón de ser o la meta final del Evangelio, sino más bien su instrumento y testigo… La misión de Dios está llamándonos y enviándonos al mundo, nosotros, la Iglesia de Jesucristo, para ser una iglesia misionera en nuestras propias sociedades, en las culturas en las que nos encontramos.[9]

Alan Hirsch cree que la palabra misional “va al corazón de la naturaleza misma y del propósito de la Iglesia en sí”. Continúa:

Así que una efectiva definición de la iglesia misional es la comunidad del pueblo de Dios que se define a sí mismo, y organiza su vida alrededor su propósito real de ser un agente de la misión de Dios al mundo. En otras palabras, el principio organizador verdadero y auténtico de la Iglesia es la misión. Cuando la Iglesia está en su misión, entonces es la Iglesia verdadera. La Iglesia misma no es solo un producto de esa misión, sino es obligada y destinada a extenderla por todos los medios posibles. La misión de Dios fluye directamente a través de cada creyente y cada comunidad de fe que sigue a Jesús. Obstruir esto, es igual a bloquear a los propósitos de Dios en y a través del pueblo de Dios.”[i10]

Peters declara que la Biblia reclama que “el resultado final de tal missio Dei es la glorificación del Padre, Hijo y Espíritu Santo”. [11]

 

Fuente bibliográfica:

https://en.wikipedia.org/w/index.php?title=Missio_Dei&oldid=821460016

[1] Engelsviken, Tormod. “Missio Dei: The Understanding and Misunderstanding of a Thlogical Concept in European Churches and Missiology”, International Review of Mission 92, no. 4 (2003): 481-97.
[2] Vicedom, Georg F. Missio Dei: Einführung in eine Theologie der Mission. München: Chr. Kaiser Verlag, 1958;
[3] Flett, John G. The Witness of God: the Trinity, Missio Dei, Karl Barth and the Nature of Christian Communit.y Grand Rapids, MI: Eerdmans, 2010.
[4] Hartenstein, Karl. “Wozu nötigt die Finanzlage der Mission.” Evangelisches Missions-Magazin 79 (1934): 217-29.
[5] Para una versión anterior, vea Niebuhr, H. Richard. “The Doctrine of the Trinity and the Unity of the Church.” Theology Today 3, no. 3 (1946): 371-84. Para el texto que informó al American report, vea Niebuhr, H. Richard. “An Attempt at a Theological Analysis of Missionary Motivation.” Occasional Bulletin of Missionary Research 14, no. 1 (1963): 1-6.
[6] Bosch, David J., Transforming Mission, Maryknoll: Orbis Books, 1991, 389–390.
[7] Moltmann, Jürgen. The Church in the Power of the Spirit: A Contribution to Messianic Ecclesiology, London: SCM Press, 1977, 64
[8] Bosch, David J. Transforming Mission, Maryknoll: Orbis Books, 1991, 389–390.
[9] Guder, Darrell L. (editor), Missional Church: A Vision for the Sending of the Church in North America, Grand Rapids, MI: Eerdmans Publishing, 1998, 4-5.
[10] Alan Hirsch, The Forgotten Ways, Grand Rapids, MI: Brazos Press, 2006, 82
[11] George W. Peters, A Biblical Theology of Missions, Chicago: Moody Press, 1972, 9.
Mujeres ad portas del Club de Patriarcas

Mujeres ad portas del Club de Patriarcas

Un 8 de marzo en 2018

Hay muchas características que separan la teología europea de manera distintiva de la conceptualización norteamericana, latinoamericana y africana. Algunas (todavía) no pueden ser tratadas dentro del marco de un blog seminarista; pero parece que para la «cuestión femenina» ha llegado el tiempo de ser lanzada a la discusión pública y abierta dentro de las aulas, los foros y demás círculos involucrados en la formación de opiniones entre el pueblo cristiano (latino)americano. En este caso, los europeos pueden figurar como punto de referencia hacia dónde puede llevar un revision general del tema, a lo largo y ancho de la vida cristiana.

Hagamos primero un breve inventario del estado actual de la situación de las mujeres en la Iglesia y en lo que esta proyecta (o no) sobre la posición de las mujeres en la secularidad.  ¿Cuál es el marco dentro del que estamos parados actualmente?

Diagnóstico: la revuelta ha empezado, pero es lenta

Como es típico para la teología protestante evangélica, hay gran diversidad de interpretaciones. Basta con dar algunos ejemplos:

Los tradicionalistas

La Convención Bautista del Sur, luego de algunas deliberaciones, en 2000  mantuvo su doctrina de los roles complementarios, decidiendo que era bíblicamente erróneo dignificar los ministerios femeninos por la ordenación. Al mismo tiempo parece haber un tácito acuerdo sobre el diaconado femenino; de hceho, en esta, como en tantas otras denominaciones, a las mujeres se admite en el servicio (poca cosa ya que sin servicio de las mujeres, las comunidades serían más o menos paralizadas). Una interpretación de escasa exégesis, culturalmente enraizada en el «Cinturón de la Biblia» de los estados menos industrializados del norte americano, se opone al avance y amenaza a los divergentes con expulsión.

Los teóricos

Las Asambleas de Dios, la mayor denominación pentecostal, en principio han abierto las puertas a la inclusión plena de mujeres al ministerio; la repercusión en la práctica, sin embargo, ha sido modesta, en muchos lugares casi nula. Aun cuando en los seminarios y en los ministerios la participación femenina ha llegado a ser igualitaria o hasta numéricamente superior, un vistazo a la composición de los concilios nacionales y distritales hace claro que de la teoría a la práctica todavía habrá que correr un largo trecho. Esto se debe a conceptos radicados tanto en la cultura tradicional como en una doctrina del  rol complementario del género que no ha sido sujeta a revisión. Suficiente con asistir a una ceremonia matrimonial para darse cuenta de ello.

Los progresistas

Los «liberales», usando el término en el sentido popular como etiqueta aplicada a todos los no Fundamentalistas (con F en mayúscula), son los que menos problemas perciben en el asunto del liderazgo.  En la Iglesia Evangélica Alemana (luterana), el Concejo Nacional consiste de 15 miembros, 7 de los cuales son mujeres, el presidio del sínodo es mujer, y entre 2000 y 2010, toda la Iglesia Evangélica Alemana, con más de 22 millones de miembros, fue dirigida por una obispa. Sin embargo, a pesar de un incremento en el número de mujeres que dirigen comunidades como pastoras y obispas, la mayoría de las posiciones continúa en manos masculinas. También anglicanos y episcopales se encuentran en situaciones similares.

En general, aunque cuando en algunas agrupaciones las tradiciones sentimentales aprendidas todavía batallan contra lo que se reconoce de manera intelectual como la interpretación hermenéutica y exegéticamente correcta, el progreso está en camino y dependerá en mucho de la situación de las mujeres en el área secular (incentivos y disponibilidad para la formación y educación continuada).

Fuera del ámbito evangélico

La realidad social también está afectando al entendimiento tradicional de otras corrientes cristianas. Por interés, agreguemos dos sectores muy diferentes:

Los Santos de los Últimos Días, una secta marginal poco numeroso, pero que por su historia y ubicación recibe mucha atención, han hecho titulares en las que figuran más y más mujeres, educadas en la doctrina de esta comunidad, que reclaman el oído de sus autoridades y manifistan su descontento al no ser tomado en cuenta. Hay un número de egresos debido a la negación de los gobernantes a examiner los reclamos. La doctrina mormona instrumentaliza a las mujeres como medios de la procreación, lo que hace estas protestas todavía más notables.

La Iglesia Católico-Romana es la mayor de todas las denominaciones cristianas y hasta ahora, de forma sorprendente, ha logrado mantener bajo un solo manto a convicciones y prácticas bastante diversas, sencillamente por declarar sacrosanctas a sus instituciones. El aggiornamento –la actualización comenzada en el Segundo Vaticano- dio luz a cambios profundos; de hecho, tan profundos que vastas porciones del pueblo católico ni siquiera ha tomado conciencia de ellos. Al otro lado, este pueblo, como siempre lo ha hecho, vive su propia versión de doctrina, independiente de la aprobación oficial.

¿A dónde conducirá esto con respecto a las mujeres? Mientras es probable que el celibato dentro de pocas décadas podrá ser reformado o hasta abolido, un compromiso en cuanto a la inclusión de mujeres o en cuanto a su papel tradicional en sociedad y familia, no está a la vista. Podrán mejorar en algunos aspectos, como lo muestran las últimas noticias. Pero en esencia, las católicas tendrán que conformarse con ser personas de segunda clase, si es que no prefieren abandonar una iglesia de exclusiva conciencia masculina.

Resumiendo

Si admitimos que trasversando al mundo cristiano existe cierta inquietud entre mujeres creyentes que se manifiesta en una creciente actitud beligerante, ¿de qué manera y desde cuáles ángulos debería la Iglesia revisar sus posiciones? ¿Cómo llegar a ser tanto teológicamente fiel como pragmáticamente sostenible en la «cuestión femenina»?

 Continuará…

 

El Milenio de la Iglesia (2)

El Milenio de la Iglesia (2)

¿Qué define la Iglesia?

A lo largo de esta historia bimilenaria la Ekklesía ha sobrevivido un número no pequeño de altibajos y laceraciones, mayormente auto infligidas.  La pregunta es si en todo este proceso ha logrado conservar su identidad. Pero esto nos exige preguntarnos sobre las características que definen la Iglesia.

En la tradición de la Iglesia Católico-Romana, se percibe a sí misma
dotada de infalibilidad y jurisdicción sobre el mundo. Por naturaleza la Iglesia es una, santa, católica y apostólica, por le que le fue dado una función: es el medio necesario para la salvación. La pertenencia a la Iglesia es un paso anterior a la salvación, resumido en la declaración Extra Ecclesiam nulla salus. Esta intermediación entre Dios y la humanidad se ejerce a través de los instrumentos de la gracia que se encuentran en su poder exclusivo. Lo que define a la Iglesia son los sacramentos.

A Calvino se adscribe declarar que «…la Iglesia se ha de descubrir donde la palabra de Dios es predicada en su pureza, y los sacramentos administrados según las instrucciones de Cristo”. Esto limita la definición de la Iglesia a ser instrumento doctrinal y sacramental, y deja a un lado otras notas esenciales de la Iglesia como la misión evangelizadora, la ética práctica y social, y otras más.  En este sistema, lo que define la Iglesia es su ortodoxia.

No olvidemos el concepto eclesial que comparten las comunidades de la herencia radical para las cuales la Iglesia es la asamblea de los que han aceptado la salvación por fe en Jesucristo. Es la nueva comunidad de discípulos, un cuerpo con muchos miembros, dispuesto de tal forma que, mediante un único Espíritu realizan el trabajo que Dios les ha encomendado: participar en la realización de la paz y de la justicia que Dios ha prometido. La Iglesia es la reunion de los seguidores de Cristo y lo que la define es la ortopraxia.

Miremos también a las corrientes pentecostales, nacidas más recientemente. Sería una exageración argumentar que tiene una eclesiología. En sus agrupaciones más puros se considera a la Iglesia como el espacio donde el Espíritu Santo reparte dones, en los más pragmáticos, es el lugar donde el creyente individual encuentra la llave a una vida de bendiciones.

En cierta medida hay algunas verdades en cada una de las concepciones y, probablemente, un grupo de textos bíblicos importantes para respaldarlas. Hecho es, que la realidad historica no corresponde a las pretensiones teológicas.

La Iglesia jamás ha vivido hasta la altura de las expectativas de su origen, su identidad, y su propósito; a menos no como un todo, ni siquiera en su mayoría, sino -apenas- en ‘remanentes’.

Si es así, entonces hay que sonar la alarma o renunciar a esperar a volver a ver a Cristo algún día. Porque o el Evangelio no es el poder transformador que estamos convencidos que es -en cual caso fuéramos ilusos y en vano nuestra fe-, o la triste verdad es que todavía no hemos descubierto quiénes somos cuando decimos que somos la Iglesia de Cristo.

A través de la observación del Nuevo Testamento me inclino a decir: la Iglesia se define por la cualidad de sus relaciones.

Las relaciones de la Iglesia

  1. El componente terrenal de la Iglesia es la comunidad de los santos. Sin embargo, esta no tiene existencia propia sin mantener una relación ininterrumpida, sin estorbos, cálida y sumisa con su cabeza, el Señor Jesucristo. La Iglesia no tiene vida en sí misma; depende del Señor en todo. Así que la calidad de esta relación es prioritaria en la definición de la Iglesia.
  2. No obstante, ¿cómo podrá estar funcionando la comunión entre Iglesia terrenal y Su Señor, sin que esta comunidad de los santos sea un organismo vivo, caracterizado por relaciones entre sus miembros que reflejan con fidelidad la alta calidad de au comunión con el Señor. La Iglesia tiene que convivir entre sí como convive con Dios.
  3. Porque sólo entonces también podrá funcionar la tercera clase de relaciones, las entre Iglesia y el mundo. Hoy en día ya no es suficiente hablar del entorno inmediato, es literalmente el mundo en escala global. Pero, lo mismo que antes, sí el mundo no logra percibir lo extraordinario de la Iglesia -demostrada por su convivencia y fidelidad al Señor Jesucristo- ,  la relación pierde la cualidad evangelística, aquella por la cual el Señor insistió de dejarnos en medio del mundo sin ser como el mundo. Está un juego lo más importante: la razón de ser.

Hará falta un vistazo a la historia para analizar de qué manera la Iglesia ha vivido esas tres clases de relaciones a lo largo de los siglos, cuáles han sido los efectos y qué podemos, pues, aprender de ello.

Continuará…

El Milenio de la Iglesia (1)

El Milenio de la Iglesia (1)

La doctrina que hace falta

Para muchos creyentes, la renovación doctrinal de la Reforma, era lo ultimo que faltaba para dar expresión definitiva a la enseñanza de la Iglesia.

Pero, al sólo pensar un poco, nos damos cuenta que, por supuesto, no es así. El Pentecostalismo, por ejemplo, aunque presente de forma intrínseca siempre, no encontró manifestación doctrinal explícita sino a finales del siglo XX. Lo mismo se puede decir de la Misiología, cuyo reconocimiento como rama de la teología sistemática no empezó antes del ultimo siglo y sólo en el presente está adquiriendo matices definidas. Y capítulos enteros de la antropología bíblica tienen que escribirse de nuevo sobre todo lo que tiene que ver con la identidad y el papel de la mujer, por ende, con el ser humano mismo. Esto, por su parte, tiene como consecuencia un concepto renovado sobre la participación femenina en el gobierno y las funciones eclesiales.

En un examen del pensamiento cristiano y de su impacto a la vida y el ministerio de la Iglesia, se cristalizan dos focos principales cuyo desarrollo ha abarcado largos siglos, mucha controversia, y chorros de sangre.

El milenio de la Cristología

Si alguna inquietud doctrinal obsesionó a la Iglesia del primer milenio, era antes que nada la identidad de su fundador y cabeza. La pregunta sobre quién era Jesús de Nazaret, cuál era su persona y su naturaleza, provocó tal pluralidad de respuestas, semejantes discusiones y disputas, que, por primera vez, la unidad de la Iglesia se vio en peligro.

Causó los primeros muertos inflingidos por la iglesia dentro de sí misma. Causó el primer cisma en lo que hasta entonces había sido una sóla entidad.  Causó también los primeros intentos de conciliación, las primeras formulaciones confesionales de la doctrina, los credos. Y fue un Credo el que, a pesar de otras controversias estruendas, dio la definición última a la cristiandad por siglos venideros.

Incluso la liberación de la dogmática por los teólogos liberales del siglo XIX no prevaleció por mucho tiempo, habiendo sido destituido por una nueva ortodoxia, tanto liberadora como afirmadora de lo que desde Calcedonia 451 es la confesión común de los creyentes cristianos:

«Jesucristo es una persona divina con naturaleza divina y naturaleza humana.»

Trágicamente, haber extraído de las Escrituras una mayor comprensión de la persona de Dios (entendiendo que sin comprender la persona de Jesucristo no hay comprensión de la Trinidad), no se manifestó en perfilar la identidad cristiana y nuestro papel como agente de Dios en el mundo.

El milenio de la Soteriología

La duda sobre la forma en la que la Iglesia administraba el bienestar de las almas, surgió mucho antes de la venta de indulgencies, que se consituyó sólo en la chispa que hizo estallar el polvorín acumulado por los siglos. En el centro del cuestionamiento se encontraba el monopolio que la Iglesia reclamó sobre los instrumentos de santificación, los sacramentos, entre ellos el más importante, la absolución del pecado, otorgada en la confesión. Era un reclamo eclesial basado en lo histórico, no en lo bíblico.

Repetidos movimientos, posteriormente llamados prerrefomartorios, se mostraron críticos y dispuestos a abolir este prerrogativo de la Iglesia. Junto con el gran número de auténticos herejías, fueron combatidos y erradicados sin conmiseración.

Hasta que… la historia de la Reforma hace claro que tenía éxito donde los demás habían sucumbido, ante todo por dos motivos:

  • La superioridad de su manifestación teológica que, por medio de la recién introducida imprenta, fue divulgada con rapidez y gran impacto.
  • Su conveniencia política dentro del ambiente europeo del siglo XVI que le valió el apoyo de una clase dominante.

De ahí que, incluso antes de que Lutero apareció en la Dieta de Worms para afirmar su interpretation no autorizada de las Escrituras, hasta los niños en muchas regions del Sacro Imperio Aleman sabían repetir la verdad central de la Reforma:

«El justificado por la fe, vivirá.»

Sin embargo, el saber sobre cómo el hombre llega a salvación, sólo de forma limitada contribuyó a la formación de la nueva humanidad. A muchos, los hace soberbios por saberse ‘elegidos’. Como el primer pueblo de Dios se sienten privilegiados frente a los que no han sido destinados a salvación. A otros, les hace cómodos: ya que somos salvados por fe y no por obras, creer era lo importante, no la acción. Últimamente, creer ya no significa creer en el Jesucristo divino, el que se hizo hombre para que pudiéramos imitar su perfección; numerosos ‘líderes espirituales’ enseñan que creer significa creer que Dios nos ayuda a alcanzar aspiraciones personales.

Poco de esto hace avanzar al propósito de Dios: volver toda la creación a su gobierno, o, como también se expresa: «Unir todas las cosas en Cristo».

El milenio de la Eclesiología

Sí, está dicho. La doctrina que hace falta, que ha sido tergiversada por el catolicismo romano, y que sólo rudimentariamente tiene espacio en la teología sistemática evangélica; la doctrina  que, por ende, se ejerce en la teología práctica a manera de la conveniencia humana, no según la interpretación de las Escrituras, es la doctrina de la Iglesia.

Sólo en la Iglesia verdadera el  verdaderamente salvado puede encontrarse con el Salvador verdadero.

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Raíces de la división

Raíces de la división

La Caja de Pandora

En la mitología griega los dioses temen que los humanos se pudieran tornar demasiado poderosos. Así que creen la figura de una bella mujer con nombre Pandora -‘la que regala todo’- que se acerca a los hombres, aparentemente para traerles un regalo, encerrado en una caja. Al abrirla, una serie de males escapa de la caja, afectando y casi destruyendo a la humanidad. La única dádiva buena, la esperanza, se encuentra en el fondo, pero antes de que pudiera salir, Pandora cierra la caja y desvanece.

Cerca de 40,000 denominaciones cristianas existen en el mundo actual

Algo muy parecido se puede observar analizando a la Reforma. El empaque era maravillosa y prometedor: SOLA SCRIPTURA, pero al abrir la caja, es decir, al predicar el acceso universal a la Biblia, inmediatamente comenzaron a salir los males, casi de forma inevitable.

Sería un trabajo hercúleo enumerar a todas las variantes o «corrientes» del cristianismo que brotaron de la Reforma, incluso antes de que esta fuera siquiera identificada como tal. Pero se puede intentar a clasificar las causas que condujeron a esta división sin límites que hoy en día ha creado denominaciones no-católicas que se distancian entre sí tanto como de la Iglesia de Roma.

Raíces de la división

¿Por cuáles causas se forman divisiones? Los 500 años transcurridos desde la Reforma proveen amplio espacio de observación para detectar que son tres los motivos dominantes que causan el éxodo de grupos, inicialmente sectarios, pero que puedan terminar como «iglesia», separada de la «Iglesia».

La corrección doctrinal

Es un motivo honorable. Podemos aplicar lo que se dice de Lutero: no apuntaba a dividir la Iglesia; sólo la quiso volver a conducir a la enseñanza y práctica de sus raíces neotestamentarias. El dilema entre santidad y unión es supremamente difícil de resolver y el precio que exige es enorme. El que no esté de acuerdo con «su» iglesia, debería primeramente buscar agotar todos los caminos internos, antes de pensar siquiera en causar divisiones. Pero ante todo es deber y responsabilidad de la Iglesia de Cristo tener el oído abierto ante los reclamos sustentados de los que actúan con buena voluntad de presentarla a Cristo como esposa radiante. Una jerarquía eclesiástica que se reserva el derecho de determinar la sana doctrina y se considera dueño de la iglesia, sin disposición de revisar periódicamente si todavía se encuentra en el sendero del Espíritu, y que, por lo tanto, manda callar o amenaza con expulsión a toda divergencia sin estudiar atentamente sus argumentos… una clase jerárquica tal no actúa diferente a un León X. Son ellos, los que causan la división, no aquellos que se adhieran a los Cinco Solas.

La arrogancia intelectual

El motivo anterior no ha sido muy frecuente, ya que necesita más que la convicción de que algo anda mal. Es precis0 la erudición teológica para definir y formular la nueva doctrina, una erudición que distinguía en su tiempo a Lutero, Melanchthon y Calvino, como posterior a Barth y Bonhoeffer. Un número considerable de divisiones más bien nace de quienes se sientan con derecho de desechar el estudio y el duro trabajo de la metodología teológica que pueda ser revisada y replicada por sus pares, arrogantemente insistiendo en una «revelación personal» recibida directamente del cielo, o por un ángel, o de alguna otra manera, pero en esencia reservada a su persona y, por lo tanto, subjetiva e irrepetible. Lo trágico es que a los ojos de un público no instruido en los fundamentos de su propia fe, esas enseñanzas resultan frecuentemente muy atractivas y se difunden con rapidez. En el tiempo presente el problema se ha agravado por la proliferación de los llamados redes sociales virtuales que propagan contenidos y tendencias de forma indiscriminada.

La ambición personal

Se dice que Julio César, al verse exiliado a una aldea diminuta de la meseta aislada en el centro de Iberia, como castigo a su subordinación y rebelión, se pronunció de la siguiente manera: «Mejor ser el primero aquí, que el segundo en Roma.» Desde el Gran Cisma de 1054 entre las iglesias de Roma y de Constantinopla, hasta el líder de segundo nivel que abandona la comunidad cristiana donde creció para «abrir su propia iglesia», más divisiones han tenido lugar para satisfacer la ambición personal o justificar la incapacidad de subordinarse, que por cualquier otro motivo. De las tres grandes puertas del Hades que se abren delante de la Iglesia -dinero, sexo y poder-, el poder ha resultado ser el más tentador, para la Iglesia como conjunto, pero también para el creyente individual.

Las consecuencias de la división

Antes de Lutero, ser exomunicado era el arma más efectiva en toda la cristiandad. Ejércitos imperiales eran impotentes frente a ella y los gobernantes más poderosos de su tiempo se vieron obligados a doblar rodillas ante la facultad que el Señor ha entregado a Su Iglesia: usar las llaves del Reino para atar y desatar a las conciencas humanas.

Aquí en nada tiene que ver el abuso que rápidamente se institucionalizó para permitir que una iglesia interesada en el gobierno terrenal ejerciera dominio. El hecho es que la excomunión que hizo temblar a emperadores por razones políticos, al creyente común que en su ignorancia aplaudía a las enseñanzas de un predicador ambulante declarado hereje, se le presentaba como condenación al fuego eterno.

Dentro el ambiente evangélico actual, ser expulsado de la comunidad de los santos, no provoca ni un encoger de hombros a la persona que -por motive honorable o no- pierde la membresía. En primera instancia, porque se siente bien conectada con Dios y no tiene necesidad de la iglesia; en segundo lugar, porque saliendo por una puerta entra por otra enfrente, donde es recibida con júbilo como nuevo miembro o hasta se aventura a «abrir su propia iglesia».

Las consecuencias de la división son más que serias:

  • Pérdida de la identidad común
    • Rivalidades y conflictos que son un espectáculo para los observadores seculares y dejan a descubierto la ausencia de Cristo en los que asumen ser sus seguidores
  • Pérdida de la visión común
    • Enseñanzas divergentes que confunden y desaniman a los que buscan acercarse al Señor, mientras dan evidencia de la poca seridad con la que en muchos sectores cristianos se trata al mensaje evangélico.
  • Pérdida de la voz común
    • La ausencia de una representación autorizada se convierte en una debilidad a la hora de obtener voz y voto en asuntos de la sociedad secular.
  • Pérdida de la misión común
    • La tarea inconclusa de la Gran Comisión exige un esfuerzo y recursos que solo pueden armarse en una cooperación transversal entre todos los sectores de la Iglesia. La division reduce el potencial misionero y alarga el tiempo de espera del regreso de Cristo.

La existencia actual de unos 45,000 diferentes denominaciones -cada una con sus respectivas iglesias que muchas veces representan disunion y rivalidades entre sí, nos muestra una Iglesia tan arrugada que el Señor difícilmente podría reconocerla.

La unidad evangélica: poca esperanza

Actualmente, una solución al problema de la unidad destruida no está a la vista. Iglesia Católico-Romana y Iglesia Luterana han logrado mantener un marco intacto, dentro del cual, sin embargo, se entablan fuertes divergencias en cuanto a la interpretación de asuntos del mundo moderno. Mientras es posible que antes de 2050 Roma llegue a la abolición del celibato, hay muy poca probabilidad que se abren las puertas al ministerio ordenado de mujeres. En todo caso, la iglesia católica perderá uno u otro sector marginal, o porque progresa, o porque no lo hace.

¿Y los evangélicos? Mientras parece que para algunos el término ‘ecumenismo’ ya no causa el mismo pavor y rechazo que antes, los asuntos de moral social dividen al pueblo en forma progresiva.

En realidad, lo que cree y profesa el creyente individual, continua  dependiendo ante todo de la circunstancia casual en qué lugar y por quiénes ha sido evangelizado. ¿Hasta cuándo, Señor?

 

Un dilema permanente

Un dilema permanente

Una decision con consecuencias

Existe acuerdo entre los historiadores que la intención de Lutero no era un cisma de la Iglesia. Con toda fuerza apuntaba a una reforma intra eclesial, una reforma que de nuevo colocara la Confessio Christi, la confesión sincera de Cristo, en el centro de la cristiandad. Su crítica fundamental encontró oídos abiertos entre diversos príncipes territoriales y teólogos, lo que condujo a su pronta aceptación en un número grande de los países y regiones de alemana – y con ello, a la disolución de la unidad confesional cristiana.

Entre la santidad y la unidad

¿Qué es preferible? Tolerar los errores doctrinales y éticos, esforzándose a corregirlos desde adentro? Este es el camino propuesto por Erasmo de Rotterdam. Su plan reformatorio conducirá a la transformación paulatina de amplios círculos en la Iglesia. Un ejemplo actual es el Aggiornamento (puesta al día, actualización) encaminado por el Papa Juan XXIII. del cual lleva una línea directa al Papa Francisco.

¿O es preferible insistir en cambios instantaneos, por naturaleza revolucionarios, arriesgando la division? Esto es lo que hace la Reforma protestante.

Lo que  cuesta dividir la Iglesia

Es el comienzo de un siglo de guerras confesionales en las cuales los territorios católicos luchan contra los países protestantes, reformados. Millones de seres humanos pierden la vida y vastas zonas de Europa son asoladas. Sólo la Paz de Westfalia de 1648 pone fin a la expresión bélica del conflicto entre los cristianos y, al mismo tiempo, perpetúa el cisma a lo largo de las líneas confesionales.

Tardará muchos siglos, de hecho, hasta hoy en día, que protestantes y católicos aprenden llevar una discusión sobre el camino correcto que sea abierta, pera pacífica. «Unidad en la diversidad» es la divisa de hoy: se acepta que existan diferencias doctrinales, litúrgicas y organisatorias. Pero, por lo menos en Alemania, donde el conflicto interconfesional ha cobrado tantas vidas y les ha cobrado a ambos lados un alto precio en forma de personas que ya no querían saber ni de los unos ni de los otros, donde aun en siglos posteriores a la guerra odio y discriminación fueron sembrados, se aprecia el clima de respeto mutuo y cooperación tanto por protestantes como por católicos.

Claro está: son muchos, y a veces los mejores, que en este conflicto han dado la espalda a ambas versiones, habiendo perdido la confianza en una iglesia que da el otro golpe antes que la otra mejilla. Católica o protestante, Wittenberg y Ginebra o Roma, al perder la unidad también se mancharon de sangre.

La division confesional: su significado

Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella para hacerla santa. Él la purificó, lavándola con agua mediante la palabra, para presentársela a sí mismo como una iglesia radiante, sin mancha ni arruga ni ninguna otra imperfección, sino santa e intachable.

En su magnífica epístola dirigida a la comunidad de creyentes en Éfeso, Pablo, su fundador, nos presenta con una gran verdad: la Iglesia de Cristo es más que solo un marco dentro del cual se encuentran acobijados los seguidores del Señor: es una persona por sí misma. Como individuos  podemos alegar nuestra inmadurez, nuestra imperfeccicón, con la esperanza que Jesucristo cubrirá lo que nos falta.

Como personas tenemos licencia de equivocarnos; como Iglesia, sin embargo, no.

Ni mancha ni arruga

La metáfora de la Iglesia como esposa radiante de Jesucristo abre la pregunta por la clase de manchas y arrugas que la harían inaceptable delante de Él.  El vocabulario usado señala hacia defectos faciales cuya presencia daña a la belleza perfecta.

La interpretación de estos dos defectos está, por supuesto, abierta. Pero en vista de las declaraciones de Jesús mismo sobre la vida de la comunidad cristiana en su conjunto, tiene alta probabilidad aplicarlos a las dos pecados presentes en la Iglesia desde tiempos bíblicos y a lo largo de la historia cristiana hasta el día presente:

La falta de santidad y la falta de unidad.

Mientras el primer defecto recibe atención periódica y una tras otra vez surgen los movimientos de santidad (a veces una santidad rudimentaria, enfocada en forma unilateral hacia el «No harás»), es obvio que al segundo defecto no se dedica pensamiento alguno de parte de una iglesia de afiliaciones denominacionales con poca disposición de llegar a un estado de cooperación en la tarea inclonclusa.

«Yo les he dado la gloria que me diste, para que sean uno, así como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí. Permite que alcancen la perfección en la unidad, y así el mundo reconozca que tú me enviaste y que los has amado a ellos tal como me has amado a mí.»

La convivencia pacífica y cosntructiva entre las confesiones que se aprendió en Europa, exigió un precio excesivo en vidas y felicidad humanas. La separación entre Iglesia y Estado evitó que America del Norte corriera el mismo destino. A América Latina, ignorante y negligente frente a las lecciones de la historia, la apariencia de corrientes no católicos llegó tan tarde, que la modernización de la sociedad impidió la escalación sangrienta del conflicto. Quedaron, no obstante, suficientes resentimientos en el lado evangélico que para muchos creyentes la palabra «ecumenismo» suena a herejía y subyugación.

La multiplicación denominacional que arrasa a la iglesia evangélica en América, África y Asia, el enfrentamiento entre fundamentalistas y liberalistas, y el individualismo intrínseco de la doctrina protestante, han hecho olvidar la verdadera identidad de la Iglesia, cimentada en sus primeras declaraciones confesionales. Para muchos oídos sonará ofensivo lo que en el Nuevo Testamento quedó documentado:

La Iglesia de Cristo es Una, Santa, Apostólica, Católica y Ecuménica.

Ante la tendencia recesiva del cristianismo dentro de la población global, es urgente, muy urgente, recuperar el sentido bíblico auténtico de esta declaración. ¿O de verdad alguien pueda asumir que la Iglesia de Cristo no sea una iglesia universal (católica) que debe componerse de los creyentes de toda la tierra (ecuménica)?

 

Lectura recomendada: Watchman Nee, Pláticas adicionales sobre la vida de la Iglesia, Living Stream Ministry, Anaheim CA. 2da Ed. 2012.